Día de Muertos deja atrás sombra de Halloween
Hay fechas que no solo marcan el calendario: definen quiénes somos. El Día de Muertos es una de ellas. Y esta semana la presidenta Claudia Sheinbaum lo dejó claro con una afirmación que debería resonar en cada ofrenda y cada panteón del país: esta celebración no es un simple recuerdo de los ausentes, sino una visión distinta y profundamente holística de la vida y la muerte, heredada de los pueblos originarios de México.

Sheinbaum subrayó la belleza de una de las prácticas más emblemáticas: el 1 y 2 de noviembre, cuando miles de familias acuden a los cementerios a convivir simbólicamente con sus muertos. No se trata de miedo ni de disfraces. Se trata de memoria viva, de diálogo entre generaciones, de una forma de entender la existencia que resiste el olvido.
La mandataria no eludió una verdad incómoda. Durante una época, el Día de Muertos perdió terreno en el imaginario nacional ante la embestida comercial y mediática de Halloween. La calabaza importada amenazó con desplazar al cempasúchil. El “trick or treat” compitió con el pan de muerto y las calaveritas. Fue un momento de riesgo cultural real.

Sin embargo, Sheinbaum destacó algo que muchos sentimos pero pocos articulan con tanta claridad: en los últimos años México ha recuperado el reconocimiento de sus raíces indígenas y el significado original de esta conmemoración. La tradición no solo resistió; se fortaleció.
Las ofrendas volvieron a ocupar el centro, los altares se multiplicaron en escuelas, oficinas y plazas, y la sociedad redescubrió que recordar a los muertos es, en realidad, una forma poderosa de afirmar la vida.

Esta recuperación no es casual ni meramente nostálgica. Es un acto de soberanía cultural. En un mundo que tiende a homogenizar las fiestas y a convertir todo en mercancía, México insiste en su propia narrativa: la muerte no se teme ni se disfraza; se dialoga con ella, se le pone lugar en la mesa y se le ofrece lo que más le gustaba al ser querido.

La postura de la presidenta es, en el fondo, un llamado a no dar por sentada esta conquista. Preservar el Día de Muertos no significa rechazar otras expresiones, sino impedir que lo propio se diluya. Significa enseñar a las nuevas generaciones que detrás de cada papel picado y cada copal hay una cosmovisión milenaria que sigue viva.
En tiempos de globalización acelerada, reivindicar la visión de los pueblos originarios sobre la vida y la muerte no es un gesto folclórico. Es un acto de dignidad. Y, por lo que se ve, México está aprendiendo de nuevo a celebrarlo como se debe.