Def Leppard explota Palacio de los Deportes
Después de meses de expectativa hirviendo, por fin llegó la noche que miles de fans soñaban. Amigos, parejas, familias enteras y rockeros de todas las generaciones se aglomeraron en los alrededores del Palacio de los Deportes.
Playeras desgastadas de Hysteria, chamarras con parches y sudaderas que habían cruzado décadas se mezclaban entre abrazos, fotos y gritos de emoción pura. Casi 16 mil almas esperaban el momento de entrar a una fiesta de hard rock que prometía devolverles los ochenta en carne y hueso.

El golpe seco y poderoso de la batería de Rick Allen tronó como un rayo. El Palacio de los Deportes explotó. Def Leppard, el quinteto de Sheffield que sigue demostrando por qué sus himnos atraviesan generaciones, acababa de activar la máquina del tiempo.
Abrir con “Rejoice”, uno de sus temas más recientes, fue solo el calentamiento. La gente ya tenía los teléfonos en alto y las gargantas listas. “¡Muchas gracias, buenas noches, amigos!”, lanzó Joe Elliott en un español cargado de cariño. El rugido de respuesta fue inmediato: la conexión con México sigue intacta y más viva que nunca.

Enseguida llegó “Animal” y el estadio se transformó. El álbum Hysteria de 1987 volvió a reinar como si hubiera salido ayer. Luego “Let’s Get Rocked” hizo que el bajo de Rick Savage y las guitarras de Phil Collen y Vivian Campbell llenaran cada rincón del recinto. Las voces del público se fundieron con la de Elliott hasta convertir el concierto en una sola celebración colectiva y ensordecedora.
La noche tenía sorpresas guardadas. Def Leppard se atrevió a mirar hacia otros monstruos de la historia y soltó una versión oscura, potente y perfectamente rockera de “Personal Jesus”, de Depeche Mode. El público, primero sorprendido, después entregado, rugió de aprobación.

El repertorio siguió como una avalancha: “Rocket”, “White Lightning”, “Promises”, “Armageddon It”… cada riff, cada cambio, cada pausa era coreado por una audiencia que conocía la discografía de memoria. Pero uno de los momentos más mágicos llegó con “Slang”.
La banda extendió el tema de 1996 y Joe Elliott bajó del escenario. Se metió de lleno entre la gente, recorrió la pista, chocó manos, abrazó miradas y dejó a cientos de fans literalmente locos. El cantante más cercano del planeta estaba a centímetros de ellos.

Elliott no paró de agradecer. Varias veces reconoció la entrega del público mexicano y confesó que siempre recomienda a otras bandas venir a México “para que sientan lo que es esto de verdad”. Y tenía razón: desde la primera canción hasta la última, los coros del Palacio competían —y a veces ganaban— al volumen de los amplificadores. Cada letra, cada grito, cada “¡olé!” se convertía en parte del show.
La recta final fue pura adrenalina. “Love Bites”, “Rock of Ages” y “Photograph” levantaron al recinto entero. Luego llegó el respiro emotivo: Elliott solo con su guitarra acústica interpretando “Two Steps Behind”. Miles de voces suaves acompañaron la balada y el Palacio se convirtió, por unos minutos, en un solo corazón.

Cabe destacar que la calma duró poco. “Hysteria” devolvió la emoción a su punto más alto y, finalmente, “Pour Some Sugar on Me” desató la explosión definitiva. El cierre fue un caos glorioso de luces, gritos y cuerpos saltando.
Def Leppard se despidió de la Ciudad de México dejando un recinto entregado, con 16 mil gargantas todavía retumbando y la certeza de que el hard rock, cuando lo tocan ellos, sigue siendo eterno.
