Skip to content

4 generaciones de azúcar y memoria

En el Barrio de San Antonio, Xochimilco, el aire ya huele a azúcar quemada y a chocolate cuando se acerca el Día de Muertos. Dentro de un patio sencillo, más de diez manos de la familia Mejía se mueven con la precisión de quien ha nacido entre moldes de barro y cazos de cobre.

Este año preparan más de mil piezas de cada tamaño. Principalmente calaveritas de azúcar, pero también de chocolate. Virgencitas, borreguitos, gallinas, ánimas, angelitos, calabazas, charros, perritos y gatitos. Todo artesanal. Todo hecho en casa.

La historia empezó con el bisabuelo Miguel. Él enseñó el oficio a su hija Maura y a su yerno Antonio. Después lo aprendieron los hijos. Ahora lo continúan los nietos. Ya van cuatro generaciones.

“Para mí es muy bonito poder formar parte de esta tradición que comenzó con mi bisabuelo”, dice Abigail, una de las nietas, quien creció viendo cómo se calienta el azúcar, cómo se mezcla hasta alcanzar el punto exacto, cómo se vierte en los moldes de barro y cómo después llega el momento más delicado: la decoración.

El tío Jorge es quien todavía se encarga de los cazos de cobre. Sabe exactamente cuándo el azúcar está lista. Su nieto Edgar, ya aprende a su lado. Observa, prueba, se equivoca, vuelve a intentar. La familia sonríe: el oficio no se va a perder.

Durante el año las encuentran en la Central de Abasto y en La Merced. Cuando llega la temporada de Día de Muertos se instalan en la explanada del Foro de Xochimilco. Allí regresan, año tras año, las mismas familias. Algunas piden la calaverita con el nombre del abuelo, del hijo, de la madre que ya no está.

“Le ponemos mucho corazón porque sabemos que muchas veces la pieza que hacemos representa a un ser querido”, explica Abigail. Usan materiales de calidad. Trabajan con paciencia. Y sobre todo con amor.

Cuando se acerca noviembre el ritmo se acelera. Hay que prepararse con tiempo. Los pedidos se acumulan. Las manos no paran. Pero nadie se queja. Porque esto no es solo un trabajo. Es la historia de la familia escrita en azúcar y chocolate.

En el Barrio de San Antonio, mientras el sol se pone sobre los canales, las calaveritas de los Mejía siguen naciendo. Con el mismo cariño con el que empezó el bisabuelo Miguel. Con la misma esperanza de que Edgar, algún día, les enseñe a sus propios hijos cómo se hace una tradición que no se deja morir.

Relacionadas

error: Content is protected !!