Skip to content

Tracto de SEDENA, ideal para la foto «pal feis»

El sol de mediodía caía a plomo sobre el asfalto cuando el desfile del 216 aniversario de la Independencia avanzaba con su ritmo de tambores, banderas y pasos marcados. Entre el brillo de los uniformes y el olor a pólvora residual de las salvas, un punto se convertía, sin anunciarlo, en el centro de gravedad de la multitud: el tráiler de la Secretaría de la Defensa Nacional.

No era el paso de la escolta ni el estruendo de los vehículos blindados lo que detenía a la gente. Era aquel tráiler estacionado como un escenario improvisado, con su presencia robusta y los militares de pie a su lado, imperturbables bajo el casco o la gorra. Allí se formaba la fila espontánea. Niños que apenas alcanzaban a ver por encima de la plataforma, jóvenes con el celular ya en modo cámara y señores de camisa planchada que se acomodaban el sombrero antes de pedir “una rapidita”.

“Con el militar, por favor”, se oía una y otra vez. Las madres empujaban suavemente a los pequeños hacia adelante para que posaran junto al soldado, quien a veces sonreía apenas, a veces mantenía la mirada seria de protocolo. Las familias se aglomeraban: abuelos, padres, primos. La foto del recuerdo, la foto familiar, la foto con “el Militar” —así, con mayúscula, como si fuera un personaje fijo de la jornada— se convertía en el trofeo del día.

Los celulares no dejaban de elevarse. Pantallas brillantes capturaban el momento desde todos los ángulos: selfies con el brazo extendido, tomas de grupo donde alguien gritaba “¡ahora sí!” y fotos rápidas que después viajarían directo a Facebook. “Para el Facebook”, murmuraban varios mientras revisaban el resultado. El tráiler de la SEDENA se transformaba, por unas horas, en el estudio fotográfico más popular de la avenida: fondo oficial, protagonistas de uniforme y público civil que quería llevarse un trozo de la ceremonia a su muro.

Algunos niños se subían de puntillas; otros pedían que los alzaran. Los jóvenes hacían el signo de la paz o simplemente sonreían con la espontaneidad de quien sabe que la imagen durará más que el desfile. Los señores, más solemnes, se cuadraban un segundo y luego recuperaban la sonrisa para la cámara. El tráiler no se movía. Solo recibía, una y otra vez, esa ola de personas que buscaba detener el instante.

Mientras el resto de la comitiva seguía su curso y las bandas marcaban el paso más adelante, alrededor de aquel vehículo de la Defensa se escribía otra crónica: la de la gente común que, en medio del orgullo patrio y el protocolo militar, encontraba su propia manera de participar. No con un grito ni con una bandera agitada, sino con el clic del celular y la promesa de subir la foto “para que la vean todos”.

Al final, cuando la multitud empezó a dispersarse y el tráiler recuperó su quietud oficial, quedaron las huellas: las risas todavía resonando, los celulares guardándose en los bolsillos y, en miles de perfiles de Facebook, la misma imagen repetida con pequeñas variaciones: el tráiler de la SEDENA, el militar de guardia y la familia o el amigo de turno, sonriendo al 216 aniversario desde la banqueta de una ciudad que, por un rato, convirtió un vehículo institucional en el mejor recuerdo del día.

Relacionadas

error: Content is protected !!