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¡Día que México se partió en dos!

Jueves 19 de septiembre de 1985. 07:19 horas.

La Ciudad de México todavía bostezaba. En las cocinas se calentaba el café, en las oficinas las máquinas de escribir apenas iban a teclear, en las radios se escuchaban las primeras notas del día. De pronto, el suelo se movió. No fue un temblor más. Fue un rugido profundo, largo, interminable. Noventa segundos que se sintieron como una eternidad. Dos minutos de terror puro.

El epicentro estaba a 380 kilómetros de distancia, 45 kilómetros al noroeste de La Mira, Michoacán, en la desembocadura del Río Balsas. Magnitud 8.1. Profundidad de apenas 15 kilómetros. La energía liberada equivalió a más de mil bombas atómicas. Pero fue el antiguo lecho fangoso del Lago de Texcoco el que traicionó a la capital: el suelo arcilloso amplificó las ondas como si el terremoto hubiera nacido debajo de la propia ciudad.

Cuando el movimiento cesó, México ya no era el mismo.

LO QUE SE CAYÓ Y LO QUE QUEDÓ EN LA MEMORIA

El Hotel Regis, símbolo del Centro Histórico, se desplomó como un castillo de naipes. El edificio Nuevo León, en Tlatelolco, se partió en dos. El Hospital Juárez y la unidad de ginecología del Hospital General se convirtieron en tumbas de concreto. La señal de Televisa Chapultepec se cortó en vivo. Treinta y dos estaciones del Metro quedaron afectadas. Más de un millón de personas se quedaron sin luz.

El Estadio de Béisbol del Seguro Social se transformó en morgue. Allí, bajo el sol de septiembre, las familias buscaban entre los cuerpos a sus seres queridos.

Cabe destacar que, las cifras oficiales del gobierno de Miguel de la Madrid hablaron de entre 3 mil 692 y 6 mil muertos. Las actas de defunción revisadas décadas después sumaron 12 mil 843.

Las brigadas de rescate y las organizaciones civiles siempre insistieron: fueron entre 20 mil y 40 mil las vidas que se quedaron bajo los escombros. Treinta mil edificios destruidos por completo. Sesenta y ocho mil con daños parciales. Ciento cincuenta mil damnificados. Treinta mil heridos.

Pero las cifras, por más enormes que sean, nunca alcanzan a contar el dolor.

BAJO LOS ESCOMBROS NO HABÍA CLASES SOCIALES

En el edificio de Bruselas 8, colonia Juárez, la tragedia se llevó a varios de los artistas más queridos de la época. Allí vivía Rockdrigo González, “El Profeta del Nopal”, el cantautor que le puso voz al Metro Balderas y a la vida de los de abajo. Tenía 34 años. Quedó sepultado junto a su pareja, la profesora francesa Françoise Bardinet. Hoy una estatua lo recuerda en la estación del Metro que inmortalizó.

Cabe destacar que, en el mismo edificio murieron el mimo y artista plástico belga Frederik Vanmelle, fundador del Teatro Frederik, y su productor Paul Deyemere. También el cronista Manuel Altamira, “El Capote”, uno de los fundadores de *La Jornada*, que compartía el patio de ventilación con Rockdrigo.

En Radio Fórmula, sobre avenida Chapultepec, las voces más populares de la radio matutina se apagaron para siempre. Sergio Rod y Gustavo Armando “El Conde” Calderón estaban al aire en el programa “Batas, Pijamas y Pantuflas” cuando el edificio se vino abajo.

Asimismo, en Televisa Chapultepec murieron Félix Sordo, la voz emblemática de la XEW, y Ernesto Villanueva, jefe de información de Noticieros Televisa, mientras trabajaban.

La tragedia no respetó fama. El tenor Plácido Domingo estaba en Chicago; su tío murió en el colapso del Nuevo León. René Ortiz, quien años después sería integrante de Kabah, tenía apenas 11 años y perdió a su padre cuando su casa de la colonia Roma se derrumbó. Salma Hayek perdió a un tío muy querido.

Bajo los escombros no había clases sociales. Solo cuerpos, solo nombres, solo ausencia.

BEBÉS MILAGRO Y EL NACIMIENTO DE UN PUEBLO

Siete días después del sismo, entre los restos del Hospital Juárez, rescataron vivos a tres recién nacidos. Hubo gente que salió de entre el concreto hasta diez días después. Más de cuatro mil personas fueron sacadas con vida por las brigadas ciudadanas.

Ante la lenta respuesta del gobierno, vecinos, estudiantes y obreros se organizaron espontáneamente. Se colocaron cascos amarillos y se metieron entre los escombros. Así nacieron los Topos. Así nació, en la práctica, la Protección Civil moderna de México.

Se retiraron 2 millones 388 mil 144 metros cúbicos de escombros. Fueron necesarios 110,600 viajes de camiones de volteo para limpiar la herida.

LEGADO QUE NACIÓ DEL DOLOR

El sismo de 1985 no solo destruyó. También creó.

En 1986 nació el Sistema Nacional de Protección Civil. En 1991 se instaló el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX), ese que hoy grita por los altavoces y hace vibrar los celulares segundos antes de que la tierra vuelva a moverse. Se reescribió por completo el Reglamento de Construcciones de la Ciudad de México, uno de los más estrictos del mundo. Y desde entonces, cada 19 de septiembre, el país entero se detiene a practicar el Simulacro Nacional.

Como dice la placa en Tlatelolco: “19 de septiembre, no se olvida”.

No se olvida porque ese día México aprendió que, cuando la tierra tiembla, lo único que sostiene al país son sus propios habitantes.

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