¡La Conago del infierno!
México ya tiene una nueva versión de la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago). Esta vez no se reúnen en haciendas suntuosas, ni en playas idílicas, ni en hoteles de lujo. Hace unos días se les vio caminando por el patio del Altiplano, la prisión de máxima seguridad que estremece a los políticos que se desvían del camino.
Al dejar atrás aquel infierno para cumplir prisión domiciliaria en su casa de Ensenada, el exmandatario de Baja California, Ernesto Ruffo Appel, relató que entre rejas se encontró con varios exgobernadores: Mario Marín, de Puebla; Tomás Yarrington, de Tamaulipas; César Duarte, de Chihuahua, y Ángel Aguirre, de Guerrero.
«Con ellos podía conversar largamente sobre política y ahí andábamos caminando en el patio, arreglando el mundo», comentó el expanista. En otra declaración fue aún más directo: «Ahí afuera, en el patio, platicábamos y se formaba, digamos, la Conago de gobernadores. Versión reclusos».
¿Pueden imaginar la escena? Cinco gobernadores «preciosos» —Mario Marín es el original— compartiendo ideas para rescatar a México de la corrupción, la narcopolítica, el huachicol fiscal y hasta la tortura. Ruffo, de 74 años y acusado de delincuencia organizada y contrabando de hidrocarburos, el llamado huachicol fiscal, pasó 72 días en el Cefereso número 1.
Solo cuatro horas al día en el patio, donde incluso jugaban voleibol, y las otras 20 «guardado». Ahí, en el mismo pasillo, coincidieron con César Duarte, procesado por operaciones con recursos de procedencia ilícita y desvíos millonarios; con Mario Marín, el «góber precioso», señalado por la detención ilegal y tortura de la periodista Lydia Cacho; con Tomás Yarrington, ya condenado en Estados Unidos por lavado de dinero y ahora enfrentando cargos de narcotráfico y recursos ilícitos; y con Ángel Aguirre, el más reciente en llegar, vinculado por ocultamiento de pruebas en el caso Ayotzinapa.
Ruffo asegura que hablaban de «reflexión», de incorporar «todas las realidades que se viven en México» y de construir «cómo todos podemos vivir juntos de una forma constructiva». Que se atienda a los necesitados y haya prosperidad para todos. Qué nobleza. Qué experiencia acumulada. ¿Harán un documento con su plan de nación? ¿Se lo entregarán al PRI, al PAN o a Somos?
Que Dios nos agarre confesados cuando esas propuestas lleguen a la arena electoral del próximo año. Si el propósito de las cárceles es enderezar destinos torcidos, los gobernadores preciosos nos salieron adelantados: ellos van a enderezar al mundo desde el patio donde la justicia los puso a todos juntos.
La ironía es tan burda que lastima. Cinco hombres que gobernaron estados, administraron presupuestos y tomaron decisiones que afectaron a millones, ahora convierten el Altiplano en su nuevo foro de «construcción de país». Mientras el resto de México debate sobre seguridad, desigualdad y democracia, ellos caminan en círculos —literalmente— hablando de política.
Ruffo ya está en casa, bajo vigilancia de la Guardia Nacional, sin pasaporte y con la promesa de no acercarse a testigos. Los otros cuatro siguen adentro. Pero la imagen queda grabada: la élite caída del poder, reunida no en un salón de hotel cinco estrellas, sino bajo el cielo gris de Almoloya, «enderezando al mundo».
Si esta es la nueva Conago, mejor que no levanten acta. Porque cuando los que debían cuidar la casa terminan en el patio de la máxima seguridad, el mensaje no es de redención: es que el sistema, por fin, los juntó a todos, y todavía les da tiempo de seguir hablando de política.