El show español recorrió todas las tripas de su alineación. Las estrellas las ponía Francia, un escaparate de aspirantes a otros planetas; el bloque lo exhibió España con un blindado en defensa, un centro del campo de artesanía, corte y confección y un ataque de sacrificio y fuegos artificiales.
La cartelería del partido enseñaba el póker francés, una pasarela de Campos Eliseos con Mbappé, Olise, Dembélé y Barcola. Lo que estaba más oculto era la cocina del mediocampo español. A la sombra de Rodri, el partido de Fabián y Olmo entra en la memoria del aficionado para entrar en la eternidad.
El penalti del alivio
Desde el primer soplido se adivinó lo que significa una semifinal mundialista, un partido que se puede disputar una vez en la vida. Los balones resbalaban en las botas y los controles se escurrían como en edad infantil. No existían las áreas hasta que cualquier pérdida mostraba lo que es Francia. Lo suyo no son transiciones, son salidas de Cabo Cañaveral. Lo bueno para España es que el mejor de los cuatro fantásticos era Barcola, la liebre que relegó a Doué.
Uno de los mandamientos modernos indica que el fútbol son detalles. En este Mundial España cogió las llaves de la tienda y no las suelta. El primer fleco llegó en un picacho del área. Digne esperó el bote de un balón para despejar cuando Lamine se anticipó y se llevó un patadón. El penalti, claro, lo transformó Oyarzabal con la heladería en las piernas que le caracteriza en estos trances.
Tras el gol, el segundo gesto fue la lesión de Saliba, el jefe de la defensa gala, al que una lesión muscular, como a Nuno Mendes y Courtois (ojo a la brujería), dejó fuera de la lucha. Con ventaja en el marcador, España gobernaba el espíritu del partido. En esa labor destacaban Rodri y todos los Rodri que parecían flotar en el césped. El pivote daba un campus de jugar al primer toque, hacer las faltas que se pedían en las terrazas y manejar el cronómetro de Dallas.
Eso era Francia en los años 80, una selección de centrocampistas de perfume caro y alta costura. El patrón, cuya silueta la encarnaba Platini, gobernador del césped, era quedarse con el balón hasta que se apagaban los focos. Hipnotizaban al rival y los delanteros eran de otra división. Ahora, el mediocampo, con Tchouaméni y Rabiot, es un trámite obligado por la pizarra, unos costaleros para aupar a la brigada de destrucción masiva.
El equilibrio sólo se rompía en lo que señalaba el marcador gigante. A España le bastaba para mandar en el marcador. Las estrellas de la legión gala amagaban sin dar. Lamine, aparte del penalti, buscaba una diablura. Mbappé y Olise, la sociedad del campeonato, chocaban con la defensa española y el fuera del juego.
El golazo de Pedro Porro
España administraba la ventaja mientras aguardaba el momento de dar el golpe definitivo. Eso llegó con una combinación mágica de Olmo y Pedro Porro. El lateral derecho resolvió como si se llamara Kylian y se apellidara Mbappé. Un defensa total.
El éxtasis era español. Francia, aplanada y sorprendida, sólo asustaba en alguna correría de Mbappé. El partido de Dembélé y Olise les dejaba en mal lugar. España, agigantada, daba los últimos toques a un partido histórico.
En esos últimos sustos emergía Unai Simón. La fiesta nacional francesa fue española. Espera la segunda final mundial de la historia tras una lección inolvidable.