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EL “LENGUAJE DE LOS INDIOS”

Durante quinientos años los pueblos originarios de nuestro territorio han luchado a contracorriente por preservar su cultura, su lengua y sus tradiciones milenarias, enfrentándose a una sociedad que destruyó el noventa por ciento de los conocimientos ancestrales que estaban registrado en los códices y monumentos. En este proceso, los españoles causaron un genocidio del que, al cabo de tres siglos, sólo sobrevivió el diez por ciento de la población americana, a la cual se le concentró alrededor de las ciudades españolas, en calidad de “pueblos de indios”. Desde ahí enviaban miles de ellos a trabajar en las minas, de las que nunca volvían.

Eduardo Galeano relata en su extraordinario libro Las venas abiertas de América Latina, que, en muchos casos como en las islas de caribe, se eliminó a la totalidad de los habitantes, por lo que los tuvieron que sustituirlos por esclavos traídos de África. En esa región, explica, nación el mito de los caníbales (deformación de caribes) cuando al llegar una embarcación sorprendió a una tribu sentada ante una gran olla que contenía un cadáver, y al ver a los europeos los nativos echaron a correr. Los españoles supieron que algunos los americanos solían sepultar a sus muertos envueltos en un petate o dentro de una olla de barro, pero de manera perversa prefirieron asumir que la olla era para guisar a las personas y a sí lo reportaron a la reina, quien se encargó de divulgar eso en todo el mundo.

Entre las víctimas colaterales de este “choque de civilizaciones” entre la España feudal y los pueblos americanos de tradiciones más comunitarias, se encuentra la lengua; o, mejor dicho, cientos de lenguas o idiomas que se hablaban en todo el continente. La mayoría de los idiomas nativos dejaron de existir en la medida que desaparecieron los pueblos que los hablaban, otros muchos en tanto que sus hablantes se vieron obligados a abandonar sus territorios y a dispersarse. Al final sólo sobreviven con dificultad 68 leguas nativas en México, según el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas y el Instituto Nacional de Geografía e Informática.

Así tenemos que, según la información oficial, poco más de un millón 376 mil personas hablan el náhuatl, 759 mil, 759 hablan el maya, 423 mil 216 se expresan en mixteco y 410 mil 901 en zapoteco. Otros idiomas débilmente arraigados son el tzeltal, con 371 mil 730 integrantes; el tzotzil, con 329 mil 937; el otomí, con 239 mil 850; y el totonaco, con 230 mil 230 mil 930 hablantes y el Mazateco, con 206 mil 559. Todos los demás grupos lingüísticos tienen menos de 200 mil integrantes de distintas comunidades que hablan un lenguaje distinto al castellano.

De una población total que en 2026 supera los 134 millones de habitantes (que aumenta en casi dos millones cada año) los hablantes de alguna lengua nativa son, según el INEGI, 7 millones 364 mil 645. Sin embargo, este número se reduce aceleradamente año con año, por factores como la migración forzosa por causas de pobreza o de violencia política, la muerte de los últimos hablantes que ya no transmitieron su conocimiento a las nuevas generaciones, o el desinterés de los padres por transmitir a sus hijos el “lenguaje de indios”, que, a decir de ellos mismos, “es muy corriente” y sólo les va a servir para ser menospreciados en la sociedad. También está el caso de los miles de pobladores que emigran hacia los Estados Unidos, en donde, normalmente, poco utilizan su lengua nativa. Resulta particularmente ilustrativo el caso de la actriz Yaritza Aparicio, nativa de Tlaxiaco, Oaxaca, a quien sus padres no quisieron enseñar el idioma mixteco, por considerar que iba a ser rechazada por la sociedad y, con el tiempo, tuvo que estudiarlo para protagonizar la película Roma, con la que llegó a la fama.

Las expresiones de vergüenza por nuestra cultura y nuestras tradiciones, que hemos escuchado muchas veces a nuestros hermanos de los pueblos originarios, tienen que ver con el profundo desprecio racista que impusieron los primeros invasores europeos hacia las culturas nativas y que se siguió reproduciendo por quinientos años. Al mismo tiempo que encimaron de manera absurda el gentilicio “indios” a los mexicas, a los mayas, etc., los españoles fueron creando una ideología supremacista en la que los nativos eran colocados en esa categoría de “indios”, como una expresión de inferioridad: indios mugrosos, indios pata rajada, indios ignorantes, indios flojos, además del infaltable “indios pendejos”, muy al estilo español. Esta forma de pensar fue reproducida por los capataces, los mineros y los soldados españoles, así como por los tenderos, los esclavistas, los hacendados y los administradores de las haciendas.

Se llegó a tal grado de desprecio hacia los pueblos originarios que, al ser socavada su identidad, sus creencias ancestrales y, en gran parte, su cultura, entraron en un estado de depresión social. Se extendió el suicidio, el alcoholismo, el mutismo y, ocasionalmente, la rebelión frente a la soberbia clase dominante.

Lo peor no fue el racismo de los europeos, sino que los mismos mexicanos adoptaron esa ideología racista para tratar con desprecio a sus semejantes. Bastaba con que un nativo abandonara su lugar de origen o que aprendiera a hablar el castellano para que mirara con desprecio a los de su raza, para que renegara de un pasado grandioso que es desconocido por los propios pueblos, pues los libros de la historia oficial que por décadas se ha impartido en la educación básica, se han encargado de reproducir de manera acrítica la versión de los vencedores, que es la interpretación de los soldados y frailes que escribieron a su conveniencia, mostrando a nuestros pueblos, de manera perversa, como “imperios sanguinarios” y a nuestros tlatoanis como “reyes “ o “emperadores”.

De hecho, los españoles prohibieron a los nativos escribir su propia historia “pues así conviene a la iglesia y a Dios Nuestro Señor”, según decreto del virrey de la Nueva España Enríquez de Almanza (1568-1570), el mismo que impuso la Santa Inquisición en Perú y en la Nueva España para aplicar crueles castigos a quienes se separaran de los dogmas religiosos impuestos. En consecuencia, los mexicanos “aprendieron” a sentir vergüenza de su pasado, a negar sus raíces y su identidad. Hubo excepciones de algunos pueblos que, estoicamente, soportaron todo y preservaron su orgullo y su dignidad como comunidades ancestrales hasta nuestros días, pero la mayoría sucumbieron.

La escuela oficial desarrollada con el liberalismo del siglo XIX también jugó un papel importante pues los liberales se propusieron desplazar los pueblos originarios a los que consideraban como un símbolo de atraso y de pobreza, por lo que se plantearon traer al país personas blancas o anglosajonas, de ahí su condescendencia con la potencia del Norte y con la Doctrina Monroe. Al mismo tiempo formaron los latifundios laicos en tierras que antes poseía la iglesia, pero también despojando a los pueblos originarios.

Antes que los padres decidieran no enseñar la lengua nativa a sus hijos por temor a la discriminación, los gobiernos desde la época de la Reforma decidieron no enseñar estas lenguas en las escuelas públicas, de manera que las instituciones de educación se convirtieron en uno de los principales medios para que los niños y jóvenes fueran perdiendo la lengua materna.

De hecho, fue en el gobierno de Benito Juárez cuando se asestó uno golpe mortal a las lenguas originarias pues los liberales, comenzado por el propio Juárez, despreciaban a los “indios” y establecieron en la Constitución liberal de 1857 que la educación primaria obligatoria debería enseñarse en español, en todos los pueblos y comunidades.

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Las actitudes de desprecio racista se extendieron hacia los criollos pobres y los nativos que emigraron hacia pueblos y ciudades. Los nativos solían llamar a estos sectores indios ladinos, en tanto que abandonaban sus costumbres y su lengua, tratado de imitar a los españoles). Los pueblos y comunidades aprendieron poco a poco a hablar el español arcaico de los hacendados, capataces y administradores españoles. Aquel que observamos en la literatura épica medieval, en El cantar del Mío Cid, en las versiones antiguas de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Durante décadas, Televisa se encargaría de difundir la idea de que este era un “lenguaje de indios”. La televisora engendró actores y cómicos que se burlaron de manera racista de esta forma de hablar que en la propia España había tenido un momento de gloria. Otra actriz personificaría un personaje de películas burdamente cómicas que casi logró que desaparecerá de México uno de los nombres más utilizado hasta hace algunos años. De ahí en adelante, nadie quiso ponerle “María” a su hija, pues ese era un “nombre de india”. Con ese racismo educó Televisa a millones de mexicanos.

Desde luego, en la provincia los pueblos se esforzaron por abandonar esas expresiones vergonzantes que la Real Academia Española fue declarando desuso. Fuites (fuiste), jallar (hallar), truje (traje), vide (vi), ventar (aventar), tachas (abolladuras, defectos), sorber (absorber), llevates (llevaste), ansina (así), aparrarse (agacharse), y muchos otros que encontramos, no en el habla de los pueblos nativos –como como ignorantemente se afirma– sino en la España de los siglos XVI. Es decir, ese leguaje “de inditos” en realidad fue introducido por los españoles y fue cambiando en las ciudades, pero prevaleció en la provincia, en donde tardó más en modificarse. Este lenguaje arcaico lo podemos encontrar también en las películas del cine nacional como María Candelaria y Tizoc, así como en la literatura, en los relatos magníficos de cuentos de Francisco Rojas González y en los de Bruno Traven, la mayoría de ellos llevados al cine.

Al abandonar su lenguaje y adoptar la ideología dominante, los pueblos no sólo pierden una gran parte de la historia y “la humanidad se empobrece”, como dice León Portilla, sino que se pierden también los conocimientos que esa cultura acumuló durante miles de años. La herbolaria, los actos ceremoniales en torno a la madre la madre Tierra, tradiciones, cuentos y leyendas, curaciones, todo se va al olvido. Es así como se perdieron cientos de lenguas y un incuantificable acervo cultural que nunca se podrá recuperar.

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