LA INVASIÓN ESPAÑOLA Y LA DESTRUCCIÓN DE UNA CULTURA
La presencia en México de la reaccionaria dirigente española del Partido Popular, Isabel Díaz Ayuso, volvió a poner de moda el viejo debate —reflejo del choque entre concepciones colonialistas y mexicanistas— acerca del papel que jugaron los castellanos durante el proceso de invasión y colonización del fascinante y desconocido continente del que obtuvieron riquezas inmensas y convirtieron a la naciente España en la primera potencia verdaderamente mundial, al abarcar más de dos continentes, si consideramos Filipinas y las islas del Caribe. Un reino en el que nunca se ponía el Sol, como decía el emperador Carlos I, pero detrás del cual había una historia de sangre y saqueo.
Envalentonada por el clima de «insurrección» que pretendieron crear el escritor Juan Miguel Zunzunegui y el empresario Ricardo Salinas Pliego con su llamada «revolución de la libertad», que buscaba posicionar a este último como candidato a la Presidencia de la República, con miras a desplazar a los «zurdos de mierd…», revirtiendo las políticas sociales y otras reformas que se han realizado en los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, las cuales, entre otras cosas, afectaron los bolsillos del dueño de TV Azteca. Desde luego, otro de los objetivos de este extremismo franquista es imponer la versión histórica hispanista que arremete contra el pueblo mexicano, reivindicando el papel libertario de Hernán Cortés, Agustín de Iturbide, Maximiliano y Porfirio Díaz, sus héroes por excelencia.
En este punto nos vamos a centrar.
El odio de los españoles contra los americanos, contra su historia precolonial y contra sus héroes, no tiene más sustento que la nostalgia de haber perdido un imperio del que podían obtener oro, materias primas y trabajo servil y esclavo. En 2017, el entonces presidente de Radio Televisión Española, José Antonio Sánchez, declaró que «el descubrimiento de América fue el suceso más importante después del nacimiento de Cristo». Se le olvidó que en el continente ya había seres humanos y que ellos fueron quienes lo descubrieron 30 mil años atrás. Destacó que la conquista española llegó para salvar a los pueblos del imperio sanguinario y cruel de los aztecas y que el papel de España fue el de «civilizar y evangelizar».
La extraordinaria confusión creada por los propios gobiernos de México al retomar acríticamente los textos de Hernán Cortés (Cartas de relación), del soldado Bernal Díaz del Castillo y de religiosos como Bernardino de Sahagún y Servando Teresa de Mier como base para la enseñanza de la historia, sin considerar sus intereses de clase, ha contribuido a esta visión. Aunque cultos, estos protagonistas y autores tergiversaron los hechos a favor de la visión colonizadora y de sometimiento, por lo que es necesario comenzar por el principio.
En sentido riguroso, no hubo conquista. Cuando los españoles hablan de la ocupación de las tropas de Napoleón en la Península Ibérica en 1808, la refieren como invasión, no como conquista. En cambio, son ellos quienes han magnificado la leyenda de la «conquista de América» y han construido monumentos al «gran conquistador» Hernán Cortés. La connotación de conquista es convencer, enamorar, encantar. La de invadir es destruir para saquear y apoderarse de los recursos ajenos.
Tampoco hubo una monarquía ni existió un «sanguinario imperio azteca», como afirman National Geographic, History Channel e incluso la revista Arqueología Mexicana. No había emperadores, reyes ni monarcas, como de manera perversa y por ignorancia nos han enseñado en las escuelas de educación básica durante siglos. El acto de trasladar mecánicamente lo que ocurría en Europa a las relaciones sociales existentes en América es una barbaridad bien definida como eurocentrismo: Europa como el centro del mundo.
Las importantes aportaciones del antropólogo Lewis H. Morgan, quien vivió entre las tribus iroquesas en el siglo XIX, lo llevaron a la conclusión de que los pueblos de América vivían en una especie de sociedad comunista primitiva. De la misma manera definió el caso de Mesoamérica en su obra México Antiguo. Los jefes tribales o tlatoanis (que significa «el que habla», «el que tiene la palabra») no eran monarcas. Al hablar del «imperio azteca», los colonialistas tenían un objetivo perverso: ocultar el genocidio que ellos cometieron y hacer creer que el verdadero imperio estaba en América, cuando en realidad estaba en Europa, donde sí había reyes y monarcas absolutistas que invadían otros continentes.
En 1577, el rey Felipe II envió una cédula real prohibiendo la circulación de libros que hablaran sobre la historia, costumbres y religión de los pueblos americanos. Tiempo después, en 1769, el virrey Enríquez de Almanza emitió un bando advirtiendo que no se permitiría a los nativos escribir su propia historia, «porque así conviene a Su Majestad el Rey y a Dios Nuestro Señor».
Hay que destacar que todos los códices que muestran sacrificios y pirámides ensangrentadas, así como mexicas comiendo piernas y cabezas humanas en una especie de pozole, fueron pintados por tlacuilos nativos después de la ocupación de la gran Tenochtitlan, por órdenes de la monarquía española y bajo severa vigilancia de la Iglesia. El Códice Florentino fue dirigido por Sahagún y elaborado entre 1540 y 1585; el Códice Mendocino, en 1540, por órdenes del virrey Antonio de Mendoza; el Códice Magliabechiano entre 1550 y 1600; y el Códice Tudela entre 1554 y 1569.
El 95 por ciento de los códices originales que relataban la cosmovisión mexica y sus conocimientos de medicina, astronomía e historia fueron quemados. El primer obispo de la Nueva España, fray Juan de Zumárraga, reportó a la metrópoli que en su primer año de trabajo quemó o destruyó más de 20 mil códices, templos y objetos de «idolatría de los indios». Códices y obras de arte de un valor histórico y científico incalculable desaparecieron para siempre, y a eso le llamaron «civilizar». Ellos mismos relatan cómo fundieron las magníficas artesanías de oro para convertirlas en lingotes.
La antropóloga Eulalia Guzmán afirma que nunca hubo esclavitud antes de la llegada de los europeos y que la antropofagia fue una de las mentiras utilizadas para justificar el genocidio. Señala que los ceremoniales fueron muy limitados, pero nunca en las cantidades exageradas que mencionan los escritores españoles y que, en muchos casos, se referían al sacrificio de animales como codornices.
Los hispanistas resentidos afirman que Hernán Cortés y sus hordas llegaron a salvar a los pueblos de la idolatría y de la muerte a la que estaban sometidos por los aztecas, así como del pago de tributos, por lo cual los pueblos nativos se les unieron alegremente para librarse del sometimiento mexica.
La investigadora contrastó minuciosamente todos los textos escritos por soldados, clérigos y nativos hispanizados, y no encontró evidencia de ninguna alianza voluntaria. Destaca que los zempoaltecas, que fueron los primeros aliados, fueron sometidos cuando los castellanos aprovecharon su hospitalidad para secuestrar a la élite gobernante; a algunos les cortaron las manos y otros fueron asesinados.
Coincidiendo con Morgan, agrega que esa fue la misma táctica que siguieron aplicando en todos los pueblos y, más adelante, en Tenochtitlan. Subraya que nunca hubo un imperio azteca; lo que existía era una confederación o alianza de pueblos en la que todos se beneficiaban del intercambio comercial de productos provenientes de regiones lejanas. Aunque no faltaban conflictos ocasionales con grupos fronterizos, cuando los españoles llegaron prevalecía una situación relativamente pacífica.
El hecho es que los únicos que estaban confrontados con los mexicas eran los tlaxcaltecas, y aun ellos ofrecieron una fuerte resistencia militar a los invasores encabezados por el joven Xicohténcatl. Todos los historiadores coinciden en lo que ocurrió después: los europeos aterrorizaron a los tlaxcaltecas cortando las manos a 50 de ellos e intimidaron al viejo Xicohténcatl. Luego lo «convencieron» para unirse a ellos. El joven Xicohténcatl terminaría colgado de un árbol por los españoles en Texcoco, después de haber sido utilizado en la batalla de Tenochtitlan.
A más de 500 años de estos sucesos, se hace necesario recapitular la historia desde la perspectiva de los mexicanos y de los intereses nacionales, pues abundan los nuevos escritores que se unen alegremente a los «libertarios» pagados o al servicio de los actuales grupos procolonialistas o proimperialistas.