Xalapa no es Culiacán, pero podría serlo
En Xalapa solemos repetir, casi como un rasgo de identidad, que vivimos en una ciudad relativamente tranquila, universitaria, con vocación cultural y un ritmo distinto al de otras capitales del país. Sin embargo, esa percepción, que durante años ha sido una fortaleza, también puede convertirse en una zona de confort peligrosa si dejamos de mirar con atención lo que ocurre a nuestro alrededor.
En una ciudad como la nuestra, donde las redes sociales, económicas y familiares se entrelazan con facilidad, es difícil sostener la idea de que no sabemos lo que pasa. O, al menos, intuimos quién de pronto comenzó a manejarse con mucho dinero, qué negocios crecen de manera acelerada sin una lógica comercial. Sabemos identificar, de manera intuitiva, empresas sin clientela que sostienen altas nóminas, rentas elevadas y una expansión constante. También vemos y comentamos cómo aparecen propiedades de alto valor o la apertura de establecimientos cuya viabilidad resulta, por decir lo menos, cuestionable, o cómo algunas candidaturas políticas de repente despliegan recursos económicos desproporcionados y difíciles de explicar, con propaganda abundante y una capacidad financiera que no corresponde a trayectorias públicas o privadas poco conocidas. En una ciudad como Xalapa, estas situaciones no pasan desapercibidas.
No se trata de caer en la sospecha generalizada ni en el señalamiento irresponsable, sino de reconocer que la omisión social abre la puerta a fenómenos que después resultan imposibles de contener. La historia reciente de algunas ciudades del país nos muestra que los procesos de deterioro comienzan, normalmente, con ciudadanos que no quisieron ver y con silencios que se acumularon cómodamente en pequeñas pláticas de café.
Xalapa está a tiempo de evitar ese tránsito, pero para ello se requiere algo más que estrategias de seguridad: se necesita una ciudadanía consciente de que el tejido social también se defiende desde la ética cotidiana. Normalizar, justificar y asumir que eso “no es asunto mío”, cuando los indicios de irregularidad son evidentes —ya sea en el ámbito empresarial o en el político—, nunca trae buenos resultados.
La referencia obligada es lo que hoy ocurre en ciudades como Culiacán, donde durante décadas se fue construyendo una convivencia ambigua con economías ilícitas. Guanajuato, en ese mismo sentido, no fue un proceso inmediato ni impuesto de un día para otro. Fueron, en buena medida, el resultado de una tolerancia social progresiva, de una ciudadanía que prefirió no incomodarse, de algunos capitales que prefirieron asociarse “nomás tantito” con el que rápido creció, con candidatos “simpáticos” pero muy opacos, y de la normalización de signos que, en retrospectiva, eran claramente advertencias.
Xalapa no es Culiacán, ni Guanajuato, ni Chilpancingo o Colima. Tenemos otra historia, otra composición social, otra cultura y otras dinámicas económicas. Pero no por ello estamos exentos de reproducir patrones si no aprendemos de las experiencias ajenas. Pensar que “aquí eso no va a pasar” es, quizá, el primer error. No debemos acostumbrarnos a lo que no debería ser cotidiano. No debemos permitir que el crecimiento inexplicable, la opacidad y el dinero sin origen claro —incluso cuando se disfraza de éxito empresarial o de fuerza política— se vuelvan parte del paisaje urbano sin cuestionamiento alguno.
Cuidar a Xalapa no es solo una tarea de las autoridades; es una responsabilidad colectiva. Y esto comienza en algo tan sencillo como decidir no voltear la mirada.