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Ante el colapso, Trump coloca una pistola en la cabeza a todo mundo

La deuda externa de los Estados Unidos supera los 38 billones de dólares, pero aumenta en 8 millones cada 8 minutos y a un millón cada segundo, de manera que cada día la otrora primera potencia mundial se endeuda con 4 mil 320 millones de billetes verdes. Ello se debe a que está pagando intereses de 3.38 por ciento de esos 38 billones que adeuda y que el año entrante subirán a 39 billones 500 mil millones, algo así como el 124 % del PIB, que es toda la riqueza producida en un año.

¿Por qué se endeudó, por qué aumenta tanto la deuda y a dónde va a dar? Una de las razones es que Estados Unidos está gastando más de lo que ingresa, es decir, tiene un fuerte déficit fiscal, pero también un elevado déficit comercial que, a fuerza de imposiciones, extorsiones y amenazas, ha logrado reducir un poco el presidente Trump. Sin embargo, su déficit fiscal sigue siendo alto debido a la inmensa burocracia de unos 3 millones de trabajadores del Estado y a sus gastos en salud, educación y, sobre todo, en su Departamento de Guerra.

La deuda también está aumentando porque se sostiene con la emisión de Bonos del Tesoro que respalda la Reserva Federal, que es el banco central de los Estados Unidos de Norteamérica. Esos bonos son deuda que compran otros países, los cuales se benefician de los altos intereses que ofrecen. Los principales compradores de esos Bonos del Tesoro son Inglaterra, Japón y China. Dichos bonos tienen un alto valor porque Estados Unidos es poseedor de grandes reservas de oro y gran productor de mercancías… pero está dejando de serlo.

China ha reducido a la mitad su tenencia de bonos, Japón también la ha disminuido, pues han dejado de confiar en el dólar como una moneda estable y en Estados Unidos como un país confiable, luego de que Europa y Estados Unidos decidieran despojar a Rusia y a Venezuela del oro que tenían en sus bancos para presionar a sus gobiernos. Asimismo, Arabia Saudita negocia su petróleo cada vez más con monedas distintas al dólar, debilitando los petrodólares que sostenían la demanda de dólares y la estabilidad económica de Estados Unidos.

En la medida en que baja la demanda de Bonos del Tesoro, aumenta el monto de la deuda externa, lo que obliga al banco central a incrementar el pago de intereses para tratar de mantener una alta demanda. Esta es parte de la historia de por qué la deuda norteamericana se incrementó de 1.6 billones en 1984 a más de 38 billones (es decir, millones de millones) en 2026; y también explica en gran medida por qué la infraestructura de transportes, salud y educación se ha quedado rezagada por décadas, mientras las potencias emergentes de los BRICS (alianza de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) se modernizan aceleradamente.

El problema central de Estados Unidos y de sus débiles aliados europeos radica en los altos costos de producción industrial derivados de los elevados salarios que pagan y de la estancada modernización tecnológica. El costo de producción de las mercancías incluye salarios y transferencia tecnológica. Los autos, motocicletas, ropa, zapatos, electrónicos y otras mercancías en China y en los países BRICS son más baratos, pues pagan salarios más bajos y modernizan su tecnología con mayor rapidez, de manera que sus mercancías requieren menos tiempo de trabajo. En otras palabras, producen más en menos tiempo. Aquí está la verdadera guerra comercial.

Como podemos imaginar, esto a Trump le resulta demasiado complejo, aunque realizó estudios como bachiller en economía; creció venerando a los “superhéroes”, la mentalidad supremacista y expansionista de los aventureros y colonos que hicieron “grande” a Estados Unidos mediante la esclavitud, la invasión, la guerra y el asesinato en masa. Esa historia que siguen reproduciendo los medios masivos y que engendró grupos criminales como el Ku Klux Klan.

Por ello, Trump se ha erigido en el nuevo Hitler del siglo XXI en su afán por contener a las potencias emergentes, así como su antecesor luchó contra los aliados que disputaban mercados y territorios a las potencias del Eje: Alemania, Japón e Italia. Ahora tiene un revólver en la cabeza de todo mundo, actuando en los papeles de extorsionador, secuestrador, asesino, pirata e invasor. A Japón lo obligó a comprarle un centenar de aviones y a invertir medio billón de dólares; con Arabia Saudita sus beneficios fueron el doble; a los europeos los alejó de Rusia para venderles petróleo y gas más caros desde Estados Unidos; y a Venezuela le secuestró a su presidente para obtener, a cambio, millones de barriles de petróleo y prácticamente el control total de su economía.

Vemos que amenaza con acciones militares en México y en Colombia contra el narcotráfico, pero no inicia ninguna acción contra el comercio de armas que llegan a los cárteles ni combate a estos grupos criminales en territorio norteamericano, que representa el mercado más lucrativo del mundo. También amenazó con “recuperar” el canal interoceánico de Panamá para desplazar a China, aunque ahí ha topado con intereses poderosos, al grado que tuvo que ceder en todo ante el presidente Xi Jinping.

Pero el acto más deleznable —si es que puede haber otro después de haberle arrebatado literalmente el premio Nobel a la ingenua Corina Machado para colgarse él la medalla “por el trabajo que he realizado”— es volver a dar la espalda a sus hasta ayer fieles aliados europeos, amenazando con ocupar la enorme isla de Groenlandia “por las buenas o por las malas”. Al parecer, ahora sí colmó la paciencia y el orgullo europeos, al grado de que cinco países ya han enviado tropas para tratar de impedir cualquier desembarco norteamericano: Francia, Alemania, Finlandia, Países Bajos y Noruega, en lo que parece ser el fin de la OTAN.

Finalmente, el presidente de Rusia ha jugado un papel ambiguo como aliado de facto del presidente Trump. No ha dicho una sola palabra sobre el secuestro de su aliado Nicolás Maduro, no ha denunciado el papel intervencionista de Estados Unidos, no ha hablado contra el secuestro de buques petroleros por parte de Donald Trump ni dio auxilio militar a los venezolanos durante la operación aérea norteamericana. Hasta el momento de esta publicación, Putin no ha dicho una palabra al respecto; la tibia posición rusa se ha expresado únicamente a través del canciller Serguéi Lavrov y de la vocera María Zajárova.

Hay silencios que dicen más que mil palabras: existe una alianza de facto. Trump guarda silencio ante el impresionante avance militar ruso en Ucrania y deja de apoyar al comediante Zelenski; en tanto, Putin evita intervenir en el caso Venezuela más allá de comentarios generales y se abstiene de mayores declaraciones ante la amenaza estadounidense de invadir Groenlandia. Parece que estamos ante una nueva repartición del mundo por parte de las grandes potencias imperialistas.

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