Drogas y violencia… salvar a la Universidad para rescatar a México
El contexto
Aunque el fin de la esclavitud de los negros en los Estados Unidos se proclamó desde 1865, cien años después el racismo, las palizas y los asesinatos seguían siendo comunes. No tenían derecho a compartir ningún espacio con los blancos y continuaban sufriendo racismo, persecución y asesinatos.
Una oleada de protestas para hacer valer sus derechos se inició en 1965 y alcanzó su clímax en 1968 con la concentración multitudinaria en el centro de Washington, encabezada por el ministro bautista Martin Luther King, quien fue asesinado al año siguiente. Al mismo tiempo, miles de jóvenes universitarios salían a las calles para exigir el fin de la guerra en Vietnam y de las intervenciones imperialistas en África; otros se sumaban al Black Panther Party, que se proponía cambios radicales.
Esto era demasiado. Durante la Guerra Fría, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) había realizado experimentos secretos con LSD y otras drogas para controlar la mente de las personas. La estrategia que siguieron fue masificar la drogadicción entre su propia juventud mediante tres procedimientos: proporcionando abundante LSD, mariguana y tabaco a los soldados que combatían en Vietnam para insensibilizarlos ante las matanzas; fomentando los festivales de rock, en donde agentes del gobierno proporcionaron y permitieron la distribución y consumo masivo de drogas; y entregando subrepticiamente grandes cantidades de estupefacientes a miembros del Black Panther Party, a fin de corromper a algunos de sus dirigentes —a otros los condenaron a prisión de por vida— y convertir a gran parte de la población afroamericana en adicta consuetudinaria.
De esta manera, no se volvieron a ver manifestaciones protestando contra el gobierno de Washington, sino multitudes adormecidas por los estupefacientes, desde el festival de Woodstock de 1969. Así nació el movimiento hippie, que pregonó “amor y paz” y “hagamos el amor, no la guerra”, mientras sus auspiciadores continuaron fabricando armas y haciendo la guerra desde Vietnam hasta Gaza y Ucrania… Siria, Irak…
En México, tras los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971, el gobierno permitió organizar el primer gran festival de rock en Avándaro en 1972, con respaldo de Televisa y Coca-Cola. Imitando Woodstock, miles de jóvenes influenciados —a fuerza de repetición por las radiodifusoras de la época— replicaron lo que allá ocurría. De momento, no tuvo el mismo éxito, pues había una tradición cultural y costumbres más arraigadas en el trabajo, el esfuerzo, el estudio y el respeto a los mayores. Pero, poco a poco, esa cultura se fue mellando.
Durante la huelga de la UNAM de 1986, impulsada por el Consejo Estudiantil Universitario, se organizó por primera vez un festival masivo de rock, dejando de lado la música de reflexión y de protesta que había caracterizado a los movimientos estudiantiles desde 1968.
Desde los últimos gobiernos priistas y con los morenistas entrantes, el narcotráfico, la drogadicción y todos los delitos que este fenómeno conlleva (secuestro, extorsión, cobro de piso, asesinatos, etc.) se extendieron paulatinamente hasta abarcar todo el territorio nacional. La delincuencia amplió sorprendentemente su campo de acción, robando y traficando combustible, cobrando y extorsionando a productores, apropiándose de ranchos y afectando muchas actividades productivas. Luego comenzó a colocar presidentes municipales y algunos gobernadores. Terminó poniendo de rodillas a autoridades, incluyendo presidentes de la República, que decidieron no tocarlos.
Este deterioro social se reflejó en la UNAM, en donde núcleos minoritarios se han empoderado peligrosamente desde 1989, cuando fue paralizada con una larga huelga que comenzó con demandas justas y terminó totalmente aislada de profesores y de la mayoría de los estudiantes, aunque logró contener el plan del rector Barnés de Castro. Al final, fue controlada por el anarquismo, que se apoderó del auditorio principal de la Facultad de Filosofía, desde donde se fue extendiendo y permitió el tráfico de todo tipo de drogas. Extrañamente, este fenómeno se extendió a las facultades y escuelas más politizadas de los años 1960-1999: Filosofía, Ciencias, Economía, Ciencias Políticas y los Colegios de Ciencias y Humanidades.
Así, los anarquistas y el feminismo radical —en alianza de facto con los narcomenudistas— comenzaron a penetrar en escuelas y facultades de la UNAM. Se fueron empoderando al grado de que la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, que debería ser ejemplo de conciencia para todo México, ya cuenta con su espacio para el libre consumo de drogas, además de la zona de “Las Islas” y el paradero del Metro Ciudad Universitaria.
Esta perversa alianza convirtió los cubículos —que antes eran lugares de estudio, debate y difusión de ideas más o menos avanzadas— en centros de distribución de mercancías y consumo de drogas.
Desde las universidades norteamericanas, y con el respaldo multimillonario de fundaciones como Open Society, Rockefeller, Ford, Heritage, entre otras, se reclutó a profesoras e investigadores para desarrollar las teorías de género, que básicamente han propiciado una confrontación casi global de mujeres contra hombres y que, en su versión más radical, han promovido un odio contra la masculinidad y contra los maestros.
No se trata de unir a hombres y mujeres para luchar juntos por la equidad y contra las distintas formas de violencia, sino de condenarlos por el solo hecho de ser hombres y calificarlos de acosadores y potenciales violadores por definición. El ejemplo más claro de esto es el llamado Bloque Negro, promotor también del libre consumo de todo tipo de sustancias.
De esta manera, veinte encapuchadas de negro, siguiendo el modus operandi de los manuales elaborados por las ONG feministas financiadas por fundaciones transnacionales, armadas con martillos, bates y tubos, pueden aterrorizar y paralizar durante semanas una escuela de diez mil alumnos, quemar instalaciones, robar en oficinas, laboratorios y bibliotecas, sin más apoyo que el de los supuestos anarquistas. Así, se han apoderado de más salones y reivindican a los destructores para que no sean expulsados en aras de la autonomía universitaria o de la “lucha contra la represión”. Irónicamente, hasta se convierten en luchadores “contra la violencia” y vuelven a paralizar la escuela exigiendo “seguridad”; es decir, que respeten sus cotos de poder.
Carentes de conciencia, de análisis y de compromiso con los trabajadores y el pueblo que hacen posible la educación, estos grupos son también enemigos de la organización democratizadora de estudiantes y maestros, pues se oponen incluso a la toma de decisiones por consulta mayoritaria. Han aprendido que pueden hacer lo que quieran en la Universidad y no pasa nada. El reciente asesinato de un joven en el CCH Sur es el ejemplo más lamentable de ello.
Recientemente, el rector de la UNAM, Leonardo Lomelí, propuso un artículo en la legislación universitaria para expulsar a quienes vandalicen y destruyan instalaciones. Bastó con la protesta de estos pequeños grupos para que se retractara. No pocos trabajadores de la UNAM, carentes de conciencia, han aprovechado el río revuelto para colocar puestos de mercancías en edificios y pasillos, aliándose de hecho con encapuchados y encapuchadas que están convirtiendo a la UNAM en un tianguis, provocando que miles de estudiantes la abandonen y siga debilitándose.
Ninguna iniciativa para rescatar a la Universidad podrá prosperar si no cuenta con el respaldo y la participación activa de toda la comunidad de maestros, estudiantes, trabajadores conscientes y padres de familia, que son los únicos a quienes estos grupos no se atreven a faltar al respeto. Por ello, resulta interesante la iniciativa del CCH Sur de realizar recorridos frecuentes en toda la escuela para comenzar a poner orden, generando conciencia de la necesidad de actuar para rescatar a la Universidad de las manos de la delincuencia que pretende un control total.
Tras medio siglo de drogadicción y tráfico de armas, la sociedad estadounidense sufre las consecuencias de matanzas y adicciones en las escuelas por no haber actuado a tiempo para rescatar a su juventud. En México aún hay tiempo, pero no existe disposición, ni siquiera para admitir la gravedad de la realidad. Rescatar a la Universidad para rescatar a México es una necesidad impostergable.
Escritor y profesor del Colegio de Ciencias y Humanidades, UNAM.