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ESTADOS UNIDOS HACIA EL COLAPSO O HACIA LA GUERRA

El sueño americano sigue convirtiéndose en pesadilla para cientos de miles de mexicanos y latinoamericanos que ven truncadas sus aspiraciones para salir de la pobreza ancestral y mejorar sus condiciones de vida en el país de las oportunidades, donde se han encontrado con una brutal dictadura de facto que está echando mano del Ejército, Guardia Nacional, Marina y los agentes del Servicio de Migración y Control de Aduanas (ICE), quienes tratan como delincuentes y como “terroristas” a quienes, con su trabajo, han contribuido a la grandeza de Norteamérica, la potencia mundial que hoy parece dirigirse al precipicio con cada acción de su gobierno.

Por lo pronto, y pisoteando los más elementales derechos y libertades que habían caracterizado al país vecino, más de cien mil mexicanos han sido expulsados y separados de sus familias de manera humillante, mientras de este lado el gobierno declara todas las mañanas que “a México se le respeta” y que “la independencia, la soberanía y los derechos del pueblo” están por encima de todo. Lo cierto es que Washington expulsa a los connacionales, impuso explícitamente el programa “Quédate en México” y la obligación de que la Guardia Nacional de México vigile su frontera sur. Y no hubo ninguna reacción del gobierno mexicano para hacer respetar la soberanía.

Millones de personas de todo el mundo han seguido las escenas de violencia contra los migrantes, desde las agitadas protestas de Los Ángeles y Portland, pasando por Detroit, San Antonio, Filadelfia, Atlanta, Milwaukee, San Luis, Denver, San Francisco y Santa Ana, entre otras, hasta la gigantesca y espontánea movilización pacífica de Chicago. El gobierno de los Estados Unidos decidió apalear, encarcelar o expulsar de su territorio a cientos de miles de trabajadores que literalmente han sido arrancados de sus centros de trabajo, de los campos agrícolas y de los barrios.

¿Y qué resultados ha obtenido con estas acciones el señor Donald Trump? El empeoramiento de la situación de la economía estadounidense, pues millones de toneladas de alimentos se han quedado sin ser cosechadas porque no hay trabajadores que hagan ese trabajo, el cual realizaban los migrantes mexicanos y latinoamericanos. También se ha paralizado gran parte de la industria de la construcción, no sólo porque muchos trabajadores han sido deportados, sino porque otros no están saliendo a trabajar ni a buscar empleo por el temor a ser detenidos y separados de sus familias, como ya está ocurriendo con muchos casos. Al mismo tiempo, la economía ha empeorado pues los expulsados dejaron de consumir en las empresas y negocios de Estados Unidos.

Lo peor de todo es que las acciones del presidente Trump son sumamente torpes y sólo denotan la desesperación con que está actuando el mandatario al ver prácticamente en tiempo real que su país está dejando de ser la primera potencia del mundo ante el imparable crecimiento de China, que se enfrenta a graves problemas estructurales y que en cualquier momento podría enfrentar una inflación y una depresión catastróficas que podrían llevarlo al colapso. Cada acción que emprende el gobierno lo acerca más al desfiladero, como podemos ver en el caso del alza extraordinaria de aranceles.

A México le impuso arbitrariamente aranceles de 50 % al aluminio, al acero y a los autos fabricados en México, así como de 25 % en todas las mercancías que no entran en el Tratado de Libre Comercio. Tampoco hubo ninguna reacción para salir en defensa de los intereses de México; al contrario, obedeciendo la orden de Trump, la presidenta Claudia Sheinbaum decretó un repentino aumento de aranceles a los autos provenientes de China, así como a todas las mercancías de países con los que México no tiene firmado un tratado de libre comercio. En cambio, al país que nos impuso altos aranceles, rompiendo la legalidad del TLC, no le aplicó un solo arancel.

Trump también impuso fuertes impuestos a sus aliados históricos de Europa, además de empobrecer a sus pueblos al obligarlos a dejar de comprar petróleo ruso barato para adquirir petróleo caro de Estados Unidos, con el pretexto de restar poder económico a Rusia por haber iniciado la guerra contra Ucrania. Como sabemos, castigó con particular saña a China, dejando sentir todo su odio y su envidia ante este país, que ha comenzado a dejar atrás a Estados Unidos en muchos rubros, pues el gigante asiático ya es el primer productor industrial y el primer exportador de mercancía.

La consecuencia inmediata de esta medida es que ahora los consumidores estadounidenses están pagando un aumento de 15 %, 25 %, 50 % o 100 % en las mercancías importadas de todas partes del mundo, pues son ellos quienes asumen las alzas arancelarias aplicadas de manera arbitraria por Washington. Esto, junto con la impresión de dólares para atender su enorme gasto público, provocó una devaluación de 10 % en el dólar, lo cual significa que las cosas están cada vez más caras en el país de los consumidores compulsivos.

Pero esto es apenas el comienzo. La contradicción principal que está debilitando tanto a la economía estadounidense como a la europea es la caótica y salvaje competencia entre las viejas potencias del siglo XX y las potencias emergentes que se han agrupado en torno al grupo de los BRICS, representado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica; los cuales llegaron tarde al reparto de mercados, tal como ocurrió el siglo pasado con Alemania, Italia y Japón… Y como entonces, las potencias dominantes se niegan a cederles espacios de poder, mientras el señor Trump ha proclamado que no permitirá ninguna oportunidad a este bloque económico, que ya concentra el 90 % de las reservas estratégicas de crudo y el mercado más pujante del mundo.

El sorprendente crecimiento de los BRICS en el mercado mundial reside en su abundante y barata fuerza de trabajo y su acelerada modernización tecnológica, con lo cual pueden producir mercancías con menores costos de producción. Mientras Estados Unidos y Europa producen un par de zapatos que cuesta 120 dólares, en China puede costar 15 dólares, considerando los salarios más bajos y la maquinaria más moderna que lanza al mercado grandes volúmenes de mercancías a menor costo.

El problema esencial es que esta locura del capitalismo moderno está obligando a los grandes capitales a buscar mecanismos para abaratar su producción, como, por ejemplo, trasladando sus plantas industriales de las naciones sede a países periféricos como México, Indonesia, China o cualquiera de los tigres asiáticos. Por eso salieron grandes automotrices y muchas otras empresas de Estados Unidos y Europa para instalarse donde pudieran pagar salarios más bajos y poder enfrentar la competencia, y por eso no regresarán a Estados Unidos.

En lo que se refiere a la modernización tecnológica, conlleva un asunto más grave. La acelerada modernización tecnológica en tiempos cada vez más reducidos está propiciando, a su vez, que las tecnologías se hagan obsoletas más rápidamente y tengan que ser desechadas y cambiadas por maquinarias más modernas si quieren sobrevivir a la competencia mundial. Es algo similar a lo que ocurre con nuestros teléfonos móviles o con nuestras computadoras: todavía no terminamos de pagarlas cuando ya sale al mercado una nueva versión que está programada para no ser compatible con las viejas tecnologías.

Los capitalistas de los grandes conglomerados, y ni qué decir de los pequeños, tienen que invertir en más maquinaria cuando todavía no han recuperado lo que invirtieron en la anterior; es decir, cuando todavía la vieja maquinaria no ha transferido el costo de su valor a las mercancías producidas. Esto ocurre también de manera intrínseca con las inversiones en todas las nuevas tecnologías: cibernética, robótica, inteligencia artificial, nanotecnología, etc. En consecuencia, se ha registrado una tendencia decreciente en la tasa de ganancia de las empresas, que muchas veces se ven obligadas a rematar mercancías, fusionarse mediante ofertas hostiles, y las más débiles se van a la quiebra, acelerando un proceso de concentración de capitales en el que sobreviven únicamente los más fuertes.

Los altos salarios en Europa y en Estados Unidos fueron resultado de las épicas luchas obreras del siglo XIX e inicios del siglo XX, pero también del temor que significó la existencia de un bloque socialista que presionaba a Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón e Italia a elevar sus salarios. Pero el repentino surgimiento de los BRICS ha condenado a esos países a ser desplazados por la competencia, a bajar sus salarios y a acelerar la modernización tecnológica; o bien, a prepararse para una guerra de escala mundial, aunque ello signifique el fin de la especie humana. Una conflagración como la que impulsaron en la primera mitad del siglo XX Estados Unidos y Europa para contener a los países “del Eje”.

Así comenzó: la gran producción industrial descontrolada, la pobreza en el mundo y, como consecuencia, la falta de suficientes compradores para esas mercancías, provocaron la recesión, proceso en el cual se acumulan las mercancías en las bodegas o en los anaqueles y muchas industrias se ven precisadas a cerrar, echando a la calle a miles y luego a millones de obreros, lo cual ocasiona que baje el consumo de mercancías y se agrave la recesión hasta extenderse por todo el mundo. Comenzó con la Gran Recesión en Estados Unidos de 1929-1933.

El “bondadoso y buen cristiano” Franklin Delano Roosevelt –venerado en las mañaneras por López Obrador, quien creó su propio New Deal– como “el mejor presidente de los Estados Unidos”, intentó salir con tres mecanismos: 1) militarizando el país y creando el ejército más grande de todos los tiempos para pagar salarios y aumentar el consumo; 2) intensificando la fabricación de tanques, bombas, cañones, barcos y submarinos para preparar la guerra; 3) creando grandes obras públicas con el mismo fin de aumentar el consumo; y 4) regalando bonos y programas sociales para tener contento al pueblo.

En Alemania, en cambio, apareció el “loco y malvado” Hitler, quien para 1936 ya había aplicado otra estrategia que se basó en tres acciones inmediatas: 1) incendiar el Reichstag o parlamento alemán para culpar a los comunistas e iniciar una terrible persecución en su contra; 2) buscar un chivo expiatorio ante el desempleo, una inflación terrible y la carestía, y lo encontró en los judíos, que no eran bien vistos por su papel de comerciantes y especuladores; 3) prepararse para la guerra, que iniciaron en septiembre de 1939 con la invasión a Polonia.

La historia no se repite, pero a veces se parece. Por lo pronto, las provocaciones militaristas ya son constantes en Europa, Medio Oriente, en torno a Taiwán y en las costas de Venezuela.

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