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Masacrar Gaza y extender la guerra para reactivar la economía

Israel se jacta de tener el organismo de inteligencia más avanzado del mundo, el Mossad: Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales, cuya función original es “cazar nazis fugitivos, frustrar atentados terroristas y establecer operaciones de espionaje a nivel global”. Este organismo cuenta con tecnología de punta y todos los recursos de espionaje electrónico. Trabaja en estrecha colaboración con la CIA y desarrolló el software denominado Pegasus, que tiene capacidad para espiar millones de teléfonos, correos electrónicos, mensajes de WhatsApp y todas las plataformas existentes. Por cierto, Israel exportó a México esta tecnología, que está en manos del gobierno de Morena, el cual protegió a Peña Nieto ante la denuncia de soborno millonario en la compra de dicho sistema.

Está comprobado que el Mossad estuvo plenamente enterado de los ataques que se preparaban en la Franja de Gaza –un territorio que mantiene bajo su control desde 1967–, donde se comprometían miles de cohetes, batallones armados y maquinaria para hacer trincheras… La gran pregunta es: ¿con qué intención permitió el gobierno criminal de Benjamín Netanyahu esta provocación? Para justificar el genocidio de miles de personas inocentes, ocupar todo el territorio de la Franja de Gaza y desviar la atención de los asuntos internos que tenían al primer ministro contra la pared, pues estaba aprobando una ley que limitaba el poder de la Suprema Corte de Justicia en beneficio del gobierno.

The New York Times, CNN y numerosas agencias de inteligencia admitieron que los ataques terroristas de Hamás fueron permitidos por el gobierno no menos terrorista de Netanyahu para desviar la atención ante las protestas internas contra su administración. Es decir, que Hamás fue tolerado por Israel con el fin de justificar la invasión, la anexión de más territorios y el exterminio de miles de palestinos. La prueba más evidente es que, al iniciar 2024, más de medio centenar de sobrevivientes judíos de los ataques de Hamás demandaron ante un tribunal de Tel Aviv al Ministerio de Defensa y a las Fuerzas de Defensa de Israel por negligencia ante la agresión terrorista.

A seis días de los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, en los que comandos ejecutaron a mil 300 judíos, incluyendo 247 soldados, el primer ministro se jactaba de que ya no había divisiones en Israel, que “el país está más unido y más fuerte que nunca”. Para entonces había dejado caer sobre la Franja de Gaza más de 6 mil bombas y 2 mil toneladas de explosivos que habían matado a más de 2 mil 200 palestinos y destruido mil 300 edificios con más de 5 mil 500 viviendas en Gaza. Pero apenas era el inicio. Advertía que lo peor para los palestinos estaba por venir y sería “inolvidable para todas las generaciones”, amenazando con castigos “bíblicos”. Al otro día dejaron caer un misil sobre un hospital, matando a más de 500 personas, principalmente niños, mujeres y heridos.

Las confrontaciones en Medio Oriente comenzaron en 1948, cuando la ONU, Inglaterra y Estados Unidos decidieron crear el Estado de Israel en un territorio que ya tenía propietarios y sin pedirles permiso. A partir de entonces, y especialmente a partir de la Guerra de los Seis Días en 1967, Israel fue creciendo a costa de territorios comprados o arrebatados por la fuerza militar a sus vecinos, como en el caso de la Franja de Gaza, Cisjordania, Palestina y los Altos del Golán.

Para Israel estas son las tierras prometidas desde tiempos ancestrales, pues los judíos se asumen como “el pueblo elegido” por un dios que, según su narrativa, les da derecho a matar a hombres y mujeres, “menos a las jóvenes vírgenes”, destinadas a la diversión de los patriarcas. Los judíos, que adaptaron los relatos bíblicos a su interés, no admiten el Nuevo Testamento y consideran a Jesucristo un impostor, por lo que siguen esperando la llegada del “verdadero Mesías” que, desde luego, va a seguir favoreciéndolos como el pueblo elegido, que añora los buenos tiempos del rey David, pese a que hoy día Israel es infinitamente más poderoso que hace 3 mil años. Eso es el neofascismo sionista.

Nunca una guerra, ni siquiera las invasiones nazis, ha provocado tanta destrucción y tantas muertes en tan poco tiempo; tantas violaciones de todas las reglas de legalidad y derechos humanos establecidas por la Organización de las Naciones Unidas. De hecho, el actual gobierno de Israel se ha pasado por encima todas las recomendaciones del organismo que fue creado en 1944 para buscar salidas negociadas a los conflictos entre países y evitar la guerra. ¿De qué sirve que 130 países de la ONU –incluidos Reino Unido, Portugal, Australia y Canadá– hayan reconocido la creación del Estado palestino, si no impulsan ninguna medida para detener el genocidio en Gaza?

Cerca de 400 trabajadores humanitarios de la ONU que operaban en la Franja de Gaza han sido asesinados por las tropas israelíes, así como 250 periodistas de todo el mundo, sin que haya acción alguna de Washington, ni del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, ni de las civilizadas potencias europeas. Para el 22 de septiembre de 2025 ya habían sido masacrados más de 65 mil palestinos, 60 por ciento niños y mujeres, y 166 mil 700 heridos, mutilados y quemados en su mayoría. La ciudad estaba borrada, todo el sistema de salud devastado, al igual que el sistema de agua potable, y cientos de miles de personas languidecían de hambre y enfermedades. La mayor parte de los heridos y mutilados son tratados sin anestesia en los sobresaturados hospitales.

El número de combatientes de Hamás muertos en la operación israelí no supera el 1%, de acuerdo con el fotoperiodista Neba Hajoo. ¿Por qué Israel no se limitó a usar toda su tecnología y poder militar para acabar con Hamás? Porque de eso no se trataba. Dos millones 300 mil habitantes de Palestina han sido desplazados de sus hogares y muchos deambulan de un lugar a otro, sin trabajo y sin vivienda; otros sobreviven en los atestados campamentos de refugiados. No hay duchas, no hay medicamentos, cientos de miles padecen enfermedades como diarrea y otras infecciones. Lo que hay todos los días son masacres.

Miles de pacientes se atienden hasta en el piso en los pocos hospitales que quedan, pues la mayoría han sido destruidos o ya no tienen ninguna condición para atender a los heridos. Una bofetada para la ONU y sus organismos de la niñez y los derechos humanos; una ofensa para la legalidad que le dio origen, pues en los hechos ha permitido que las naciones imperialistas dominantes hagan lo que les plazca.

La tesis que hemos sostenido es que Estados Unidos y Europa pretenden escalar a una conflagración mundial para contener a los BRICS antes de que su crecimiento sea irreversible, pues constituyen el grupo económico más poderoso y controlan el 90 por ciento de las reservas de crudo mundial. Por lo pronto, siguen enviando miles de millones de dólares y de equipo militar al gobierno de Zelensky, crean provocaciones en torno a Taiwán y envían una flota armada al mar Caribe. En Medio Oriente atacan a Irán para que entre a la guerra; en la península de Corea presionan a Corea del Sur para que responda a las provocaciones de Corea del Norte, que, al igual que Irán, es aliada de Rusia y de China. Las viejas potencias del siglo XX se siguen armando, incluidos Japón y Alemania, que tenían limitaciones tras su papel en la Segunda Guerra Mundial. Las repúblicas bálticas fronterizas con Rusia se incorporan a la OTAN, fortalecen sus ejércitos e inician entrenamientos militares.

Hoy el sistema imperialista conformado durante el siglo XX está entrando en una escalada crítica que tiende a colapsarlo, para dar lugar a las naciones capitalistas emergentes del siglo XXI, encabezadas por Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica (BRICS) y sus numerosos aliados. Las guerras imperialistas del siglo XX contuvieron el crecimiento de las potencias emergentes de entonces (Turquía, Alemania, Japón e Italia). Estados Unidos y sus aliados decidieron armarse hasta los dientes y llevar al mundo a la matanza en nombre de la libertad y la democracia; es decir, en defensa de los monopolios dominantes.

Es el mismo crimen contra la humanidad que pretenden aplicar ahora al atizar las guerras en Ucrania y en Medio Oriente. Los BRICS y sus aliados se han constituido en la alianza económica más dinámica del mundo en la Ruta de la Seda, incorporando a las principales potencias petroleras y gaseras: China, Rusia, Irán, Venezuela, Irak, Arabia Saudita y otras monarquías árabes.

Washington insiste en arrastrar al mundo a una conflagración mundial que detenga el crecimiento de China y de Rusia. Provoca todos los días impulsando el separatismo en Taiwán y en el Tíbet y, con sus terroristas “islámicos”, en la provincia musulmana de Sinkiang; por eso han comprometido a Japón al militarismo, reforzando sus alianzas militares con Corea del Sur, Filipinas y Australia. Por todo ello permitieron y alentaron la provocación del infiltrado grupo terrorista Hamás en su ataque a Israel; les urge comprometer a Irán con tal de dividir la alianza económica y estratégica que han tejido China y Rusia en la región, en donde hasta las monarquías petroleras árabes se han vinculado a los BRICS.

El pueblo de Israel conoce los éxodos, las persecuciones y las masacres, por lo que debería comprender que, si quiere vivir en paz, debe comenzar por derrocar a sus gobernantes neofascistas y por respetar a sus vecinos; que no puede hacer a los palestinos lo que los alemanes les hicieron a ellos. Los palestinos, por su parte, han de comprender que son los pueblos los que hacen la historia y no los encapuchados, armados o desarmados, pues históricamente éstos son fácilmente manipulables por el gran capital. Pero la élite gobernante tiene sus intereses no en la sinagoga, sino en Wall Street, en el complejo industrial militar, en las industrias petrolera, minera y de las grandes corporaciones de la información que hoy día se esfuerzan por ocultar ante el mundo la realidad de lo que ocurre.

Parece que el único futuro posible para los pueblos del mundo está en la construcción de un poder social que tiende a nacer desde las entrañas del capitalismo en descomposición, en la medida que la apropiación de la riqueza es cada vez más privada y la producción cada vez más social. Parece que la clase obrera europea y norteamericana tendrá un papel decisivo en el colapso del monstruo imperialista antes de que destruya a la humanidad y acabe con las condiciones de existencia en el planeta.

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