
¿Por qué dicen que es una «matanza de agricultores»?
La narrativa que sustenta el programa estadunidense pivota sobre la violencia rural. Trump y sus aliados hablan de “una matanza a gran escala de agricultores” blancos. Elon Musk —nacido en Pretoria en 1971— advirtió incluso de un “genocidio de personas blancas” y calificó las leyes sudafricanas de expropiación como “abiertamente racistas”.
Los datos oficiales, no obstante, pintan un cuadro distinto. Entre abril de 2020 y marzo de 2024 se registraron 225 asesinatos en fincas; solo 53 de las víctimas eran agricultores, generalmente blancos. El Instituto Sudafricano de Relaciones Raciales concluye que esos ataques afectan también a trabajadores negros y suelen obedecer a robos o conflictos laborales en un país con una de las tasas de homicidios más altas del mundo (45.3 por cada 100 mil habitantes).
Ryan Cummings, analista de la consultora Signal Risk, resume el dilema:
“Ciertamente no enfrentan marginación colectiva… los afrikáners aún se encuentran en el extremo superior de la escala socioeconómica”, dijo con la BBC.
¿Por qué Musk teme una política «anti-blancos»?
¿Por qué, entonces, la Casa Blanca eleva un problema estadísticamente limitado a prioridad de su política exterior? Una parte de la respuesta está en Silicon Valley. Elon Musk, Peter Thiel y David Sacks —exsocios en PayPal— han sido altavoces de la idea de que Sudáfrica es un laboratorio de políticas “anti-blancos” que podrían replicarse en Estados Unidos.
El propio Musk, hoy consejero informal de Trump, replicó en la red X un mensaje de Ramaphosa sobre la reforma agraria añadiendo: “¿Por qué tienen leyes de propiedad abiertamente racistas?”. Cuatro días después, el presidente estadunidense suspendió toda la ayuda económica a Sudáfrica y firmó la orden de refugio para los afrikáners.
Para Patrick Bond, director del Centro para el Cambio Social de la Universidad de Johannesburgo, el trasfondo es ideológico:
“Su adhesión a la causa afrikáner excede Sudáfrica: promueven la narrativa de ‘supremacía del mérito’ que rechaza las políticas de equidad racial”, dijo en consulta por la BBC.
Musk también tiene intereses comerciales. La normativa de acción afirmativa sudafricana le exige asociarse con un inversor negro para ofrecer su servicio satelital Starlink, requisito que el magnate considera inaceptable.
¿Por qué es una política de «doble rasero»?
La decisión de Washington provocó la mayor crisis bilateral en décadas. Tras calificarlos de “cobardes”, Ramaphosa recordó que los afrikáners “no encajan en la definición de refugiado” y anunció que se reunirá con Trump el 21 de mayo para exigir explicaciones. Pretoria tacha la maniobra de “motivación política” y acusa a Estados Unidos de represalia por llevar a Israel ante la Corte Internacional de Justicia por presunto genocidio en Gaza.
Marco Rubio, secretario de Estado, avivó el fuego al expulsar al embajador sudafricano por “agitador racial” y justificar el nuevo programa humanitario con un mensaje inequívoco: “No se trata de libertad de expresión… Nadie tiene derecho a una visa”.
La paradoja es que la misma administración que cierra la puerta a solicitantes de Afganistán, Congo o Centroamérica la abre de par en par a una población que —según cifras oficiales— continúa controlando buena parte de la riqueza en su país de origen. El proceso, que a otros refugiados les toma años, se completó para los primeros afrikáners en tres meses. El Departamento de Salud y Servicios Humanos les facilitará vivienda, comida y teléfonos prepagos.
Christopher Landau, subsecretario de Estado, justificó la preferencia con un argumento de integración: los afrikáners “pueden contribuir rápidamente a la economía estadunidense”. Esta afirmación refuerza la percepción de que la variable racial —y no la humanitaria— es el criterio rector.

¿Discriminados o privilegiados?
Sudáfrica sigue siendo el país más desigual del mundo según el Banco Mundial. Un blanco sudafricano es, en promedio, 20 veces más rico que un compatriota negro. Los afrikáners poseen casi la mitad de la tierra cultivable y se benefician de cadenas de exportación consolidadas. Sin embargo, la inseguridad, el desempleo (33 %) y un discurso político cada vez más crispado alimentan temores identitarios.
La ley de expropiación sin compensación aprobada este año permite al Estado adquirir terrenos improductivos o abandonados, pero prevé un proceso judicial para impugnar cada caso. Expertos concluyen que las expropiaciones masivas son poco probables dada la escasez presupuestaria y la lentitud burocrática. Aun así, la retórica de líderes como Julius Malema —presidente del partido de extrema izquierda africanista Luchadores por la Libertad Económica (EFF), quien entona el cántico “Kill the Boer” (“Mata al granjero”)— sirve de combustible a la narrativa de victimización que Trump abrazó.
El programa de reasentamiento tampoco está exento de polémica interna. Uno de los recién llegados, Charl Kleinhaus, tuvo que disculparse por comentarios antisemitas en redes sociales. Mientras tanto, el Departamento de Seguridad Nacional anunció que revisará redes sociales de extranjeros para detectar discursos de odio, política que ha usado para intentar deportar a activistas propalestinos universitarios.
La paradoja es evidente: el gobierno que ampara a afrikáners con historial de mensajes extremistas es el mismo que endurece los filtros contra solicitantes musulmanes y críticos de Israel.
¿Qué sigue?
Con más de 8 mil solicitudes en lista y una reunión Trump–Ramaphosa en el horizonte, el pulso diplomático continuará. Los activistas afrikáners piden ahora ayuda para “arreglar” la situación en casa, pero funcionarios de la Casa Blanca, según testigos, creen que sus talentos servirán mejor en Estados Unidos. Para muchos sudafricanos, la emigración de este grupo no será una pérdida:
«Muchos sienten que Sudáfrica probablemente estará mejor sin quienes no quieren vivir en un país multirracial», concluye Cummings.
Mientras tanto, el caso se ha convertido en la punta de lanza de un debate más amplio sobre políticas de diversidad, supremacía del mérito y miedo a la pérdida de privilegios. Y en ese tablero, Elon Musk —con su megáfono global— juega un papel difícil de ignorar.