A nosotros todavía nos tocó verlo. Estábamos jugando los chiquillos en la calle que ahora es Rafael Murillo Vidal. Por ahí, al anochecer, salía un chivo de una casa abandonada en Santos Degollado. Un cuate nos platicó una vez que se dio cuenta de dónde aparecía el chivo, dijo que en el patio había una especie de cueva en la que vivía el animal. Cierta tarde, nos pusimos a esperarlo; queríamos agarrarlo para jugar con él, sobre todo nos atraían sus cuernos plateados y el pelaje blanco y limpio. Cuando lo tuvimos a un paso, nos cruzó como el aire y se perdió a lo lejos. En otra ocasión, se presentó mientras echábamos una cascarita. Alguien gritó:

– ¡Agárrenlo!

Pero qué va, al tiempo que nos lanzamos sobre él, que desaparece y nos estampamos contra una pared.
Ya cansados de que el condenado chivo siempre se nos escapaba, dejándonos solo un penetrante olor, pensamos que lo mejor era seguirlo para ver a dónde se metía.
Nos fuimos persiguiéndolo hasta el final de la calle y alcanzamos a ver que entraba en un tragatormentas -una atarjea grandísima-, con el que había que tener mucho cuidado de no caer dentro.
Por ese agujero se internaba el chivo; ideamos seguirlo y nos asomamos, pero estaba muy feo, tenía bastante basura, y como andábamos descalzos no nos atrevimos.
Otro día, ya decididos, nos metimos de noche al sumidero. Estaba oscuro; nomás veíamos una humareda como si quemaran leña verde. Ahí nos dimos cuenta que era el chivo el que se transformaba en niebla, y salimos hechos la mocha.

Historias, cuentos y leyendas de Xalapa/Autor: de Alberto Espejo