En las dos semanas recientes, el Metro de la Ciudad de México se convirtió vertiginosamente en un termómetro de la violencia hacia las mujeres. Como si se tratara de un secreto que al final sale a la luz, las denuncias han ido en aumento y este popular sistema de transporte, inaugurado en 1969, se ha vuelto, muy a su pesar, en un reflejo de la inseguridad y la gallina de los huevos de oro para feminicida y tratantes. La alarma saltó a finales de enero y hoy es un hervidero. Y aunque por momentos pareciera que se trata sólo de sicosis colectiva, las autoridades deben tomárselo muy en serio. Detener la violencia es también un capital político. No lo olviden… Se lee en “Frentes Políticos” de Excelsior.