* El maestro de la línea que expuso a la par de Picasso, pintor, grabador y escultor, destaca como maestro del autorretrato a través de sus obras y, sobre todo, de su propia palabra

TEXTO PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EXCÉLSIOR EL 21 DE ABRIL DE 2013

CIUDAD DE MÉXICO.- Tras la pantalla su rostro se mira asustado. Las líneas del oxígeno que nutren sus pulmones a través de la nariz le dan un cierto aire ausente. Su voz suena parecida a la suya, un poco más pausada quizá, y con ella dice que lo único que quiere es mejorarse y que no entiende el revuelo que han hecho sus hijas, a quienes espeta que “lo dejen en paz”. Recién salido del hospital, en su figura se extrañan sus inseparables muñequeras de cuero “para fortalecer el pulso de dibujante”, y la proverbial rebeldía que hizo que le llamaran El niño terrible.

Insaciable para hablar de sí mismo, obsesivo de las autobiografías, cuya vida se ha desparramado en cientos de escritos suyos y de otros. La enfermedad que mantuvo al artista plástico José Luis Cuevas hospitalizado durante diez días y lo instaló en el centro de una disputa familiar no aniquiló a ese “personaje de ficción que creó de sí mismo” y no impide que cuando se quiere ver “el fenómeno Cuevas –porque efectivamente lo es– hay que remitirse a sus mejores dibujos, su mejor época y olvidar ese show que ha armado para sí: es un permanente showman”, dice la historiadora de arte Lelia Driben.

Su mejor retrato hablado “lo ha hecho él mismo”, agrega la doctora en arte Teresa del Conde, pero saber dónde acaba la realidad y empieza la ficción es una tarea ardua “porque es sin duda el más fecundo y prolífico comentarista e historiador de sí mismo (…) La pulsión de la autobiografía y del autorretrato recorre tanto (su) obra escrita como la dibujada, grabada, cincelada, esculpida o fraguada por (él), y en ambos terrenos se da una teatralización del narcisismo”, ha escrito Adolfo Castañón.

El artista que casi todo lo ha dicho “con una actitud a veces descarada” nació en la Ciudad de México el 26 de febrero de 1934 entre lápices y papeles como marca del destino, en los altos de la fábrica El Lápiz del Águila, propiedad de su abuelo, con quien vivió hasta los ocho años. Dos años después fue diagnosticado de fiebre reumática, enfermedad que, según su médico, “lame las articulaciones y muerde el corazón”, cuenta el mismo Cuevas, y le crea una obsesión “de que muera en cualquier momento”, pero sobre todo un tremendo terror que “de un golpe te arranquen la vida y con ello, tus proyectos”.

En la cama de su niñez enferma lo acompañan los libros. Desde entonces se nutre de la literatura, de la que ha hecho equivalencias gráficas de primer nivel sobre textos de Kafka, el marqués de Sade, Quevedo, Nietzche, Ionesco, lejos siempre de la ilustración. Ahí postrado nace también su vocación primigenia de dibujante a través de los cómics: “Siendo muy chico tenía la costumbre de narrar en historietas cosas autobiográficas y lo hacía con influencia de las caricaturas”, le cuenta a Raquel Tibol para su libro Nuevo realismo y posvanguardia en las Américas, donde agrega que “siempre se ha considerado más que un pintor un narrador, un artista definitivamente literario. Sin historia estaría perdido”.

En 1944 ingresa a la escuela de pintura La Esmeralda, que abandona dos años después y a la que ya no regresa a consecuencia de la fiebre reumática, por lo que se le considera fundamentalmente autodidacto; aunque “cursó estudios en las obras de Bosch, Alberto Durero, Brueghel el Viejo, Rembrandt y culminó sus universidades imaginarias con los alemanes que vivieron poco antes y poco después de Käthe Kollwitz”, escribe Raquel Tibol en su citado libro.

De ahí que Cuevas sea “un maestro de la línea que expuso a la par con Picasso y otros artistas de ese nivel”, en los años 60-70 del siglo pasado, cuenta Del Conde, para quien el autor de El gato macho “persigue ese vocabulario, lo cuaja, lo perfecciona y lo reitera incansablemente. Es un método y no podemos obviar que sea efectivo porque es un maestro de la línea y el grabado, si me dicen pintura no, y en escultura ha hecho algunas afortunadas, pero otras son reiterativas a morir”. Driben agrega: “Fundamentalmente es un dibujante que ha explorado la condición y el cuerpo humano, de la que ha hecho una deformación transformadora”.

Considerado un rebelde, un gran impugnador y polemista, es ya mítico su escrito de La cortina de nopal donde se desprende del yugo de la Escuela Mexicana de Pintura alzando la voz por una generación que seguía sus propios pasos. En los años 50, junto a  Günther Gerzo, Vicente Rojo, Alberto Gironella, Manuel Felguérez y Carlos Mérida, entre otros, Cuevas encabeza La Ruptura, pero “fueron rupturistas de manera solitaria, en mi libro –apunta Lelia Driben– los pongo como los modernistas solitarios ya que, como dijo Fernando González Gortázar, fue más un movimiento que una generación, aunque se les conozca así”. Para Del Conde es uno de los principales de esa generación, pero el único “que hizo una ruptura a partir de sí mismo fue (Juan) Soriano”.

Una década más tarde sorprende a todos con su mural efímero del que, “en medio de porras lanzadas por una docena de preciosas muchachas de minifalda y suéter y con el autorretrato del pintor en el pecho (…) el mural que develará hoy está destinado a terminar con la solemnidad de los muralista profesionales”, reseñó Excélsior el 8 de junio de 1967. Ese día, a las siete de la noche, el joven pintor llegó a la esquina de Génova y Londres “acompañado de su madre, María Regla Novelo, quien dijo que para ella era mejor estar ahí que en casa preocupada”, publicó un día después este diario, que contabilizó más de dos mil personas en el acto. Ahí, provocador, Cuevas declaró: “Me resultó tan fácil hacer este mural que estoy pensando dedicarme solamente al muralismo y dejar el dibujo”.

No lo hizo. Sin recursos económicos en sus inicios, lo que hacía era ir “a la morgue a dibujar prostitutas muertas, le dijo a unas respetables señoras que casi se desmayan del susto”, contaba José de la Colina; y como “el modelo que tengo más a mi alcance soy yo mismo”, decía Cuevas, se acostumbró a iniciar las labores del día dibujándose, en su estudio de San Ángel, tapizado de crucifijos y rodeado de espejos, reiterando su obsesión por el autorretrato, género en el que es uno de los “principales exponentes en México, junto con Frida Kahlo y Julio Galán”, señala Driben.

Pero hacía más. Durante casi tres décadas se tomó una fotografía diaria para mirar cómo envejecía, una tarea para la que contaba con la complicidad de su esposa, Bertha Riestra, quien pulsaba la cámara, y concluyó a la muerte de ésta, en 2000. La mayoría eran instantáneas Polaroid que a veces Cuevas mostraba gozoso sin especificar qué haría con ellas y de las cuales se desconoce su destino. Nunca las exhibió, como sí hizo con su semen encapsulado en una ampolleta, en 1979, algo que Driben considera “extensiones de su egocentrismo y me parecen de mal gusto”. Del Conde duda que fuera real: “Era agua jabonada. Es una especulación mía porque es como se expuso en París; era una moda, que él no impuso, por cierto”.

Ya antes había causado polémica con sus visitas al asilo de ancianos y al manicomio, donde lo retrató Daisy Ascher, “de quien nadie se acuerda”, lamenta Del Conde, y fue la única fotógrafa que lo capturó desnudo y a quien le pidió que esas fotos “no fueran dadas a conocer hasta después de mi muerte. Incluso te he dicho que tienes la exclusiva para fotografiar mi cadáver”, le escribió en su columna Cuevario, en Excélsior, el 18 de febrero de 1985, año en que inició una colaboración semanal con este diario y que mantuvo por 13 años en el suplemento que dirigía su amigo René Avilés Fabila.

En su Cuevario dio cuenta de todo: su amor por sus hijas, su esposa Bertha, la maga que hizo posible que se erigiera su museo tantas veces postergado, sus viajes, su autoexilio, sus amoríos y hasta sus pesadillas, aunque nunca recordó ahí su frustrado paso por la política como candidato independiente para diputado, en 1970, y que perdió porque, acusaba en una entrevista con Excélsior, “me hicieron una campaña sucia, dijeron que me lancé para que la mariguana se fume libremente en la Zona Rosa”.

Ya para la última década del siglo pasado, asentado en su fama, sufrió la muerte de Bertha, de la que se recuperó tres años después cuando Beatriz de Carmen “le puso color a su vida con el amor” y con quien hizo un curioso happening de su boda, pues se casó 38 veces con ella, por distintos ritos. Los “filtros” para acercársele empezaron a crecer y su protagonismo a disminuir.

Junto a su nueva esposa inició otra etapa creativa, a cuatro manos, en la cual ella colorea sus dibujos, una intervención que nunca antes permitió, pues ni Bertha entraba a su estudio mientras trabajaba, cuentan amigos cercanos: Ahora lo hace porque “a la mejor está contento con eso”, agrega Driben, para quien “hace mucho que conocimos la perfección de la técnica de Cuevas. A los 30-40 años ya estaba dando todo lo que pudo dar”. No hablaría de una decadencia, “palabra muy dolorosa, pero no estoy de acuerdo con los dibujos que colorea su esposa, es un trabajo que no tendría que ser”.

No creó escuela, a pesar de que artistas como “Gabriel Macotela o Luciano Spanó lo consideran un maestro”, dice Del Conde, quien le admira “sobremanera haberse creado un vocabulario inconfundible que no dejó, sino que cultivó y multiplicó, y ha durado hasta este siglo, por lo que está ya en la historia del arte mexicano y del mundo”.