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Con un poco de suerte, en 2112 se podrá celebrar la Marcha del Orgullo Gay en Moscú. No es broma. Cuando en 2006 activistas trataron de organizar la primera edición, el entonces alcalde de la capital rusa, Yuri Luzhkov, la prohibió argumentando que los gays y lesbianas “violan nuestros derechos”. Un año después, el edil moscovita repitió la prohibición, y dijo que el acto era “satánico”.

La censura se repitió anualmente hasta 2012. Aquel año, el reconocido activista gay Nikolai Alexeyev acudió a los tribunales para tratar de anular la prohibición, y pidió “poder celebrar la marcha durante los próximo cien años”, pero la corte decidió reírse de Alexeyev y prohibió la celebración de la Marcha del Orgullo Gay durante esos mismos cien años.

No siempre fueron así las cosas. Tras la caída de la Unión Soviética, el primer presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, decidió abrir el país no sólo en lo político, y legalizó la homosexualidad. Sin embargo, esta apertura duró poco, porque, tras la llegada de Vladímir Putin al poder en 1999, los homosexuales fueron regresando paulatinamente a tiempos oscuros.

LA PROHIBICIÓN. Tras la prohibición centenaria, el clima reaccionario se empezó a hacer evidente. A finales de aquel año, 9 repúblicas de la federación ya habían empezado a aplicar leyes que restringían lo que se llamó “propaganda homosexual” a menores de edad. Leyes que perdieron su sentido pocos meses después, cuando el 29 de junio de 2013 la Duma, guiada por Putin, aprobó con 436 votos a favor y sólo uno en contra la ley que extendía dicha prohibición al país entero.

El texto, vigente, prohíbe la distribución de “propaganda de relaciones sexuales no tradicionales” a menores, un concepto que abre la puerta a vetar no sólo contenidos que normalicen la homosexualidad, sino también a atacar la bisexualidad o la diversidad de identidades de género. Pocos días después, Putin firmaba otra ley que prohibía a parejas gay extranjeras adoptar niños rusos. La discriminación quedaba institucionalizada.

Normalmente, la política de un país es el reflejo de su sociedad, sea para bien o para mal, así que no extrañó a nadie que una encuesta hecha ese mismo mes mostrara un 90 por ciento de respaldo popular a la ley.

LAS CACERÍAS. Vladímir Putin se esforzaba por vender una imagen de absoluta normalidad ante la inminente celebración de los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi, en febrero de 2014. Días antes de la inauguración, el mandatario aseguró, en relación a los homosexuales, que “nosotros no prohibimos nada y no cazamos a nadie”.

Sin embargo, para miles de jóvenes en todo el país, la normalidad eran las cacerías y las palizas, organizadas a través de la red social rusa VKontakte (VK). Grupos como “Occupy Paedophilia”, con entonces 90 mil seguidores en la plataforma, servían como trampa organizada por neonazis para cazar a jóvenes homosexuales, a los que golpeaban y humillaban impunemente. Ni VK ni las autoridades rusas hicieron nada, y sólo en la ciudad de Kámensk, en los Urales, un puñado de extremistas recibió sentencias por entre 3 y 6 años de cárcel en 2015, luego de la fuerte presión ejercida por grupos como Human Rights Watch.

EL INFIERNO CHECHENO. Cuando el foco de Sochi se apagó, la atención internacional se diluyó, pero la persecución siguió en la sombra. Hasta hace un mes y medio. El primero de abril, el rotativo ‘Nóvaya Gazeta’, reconocido opositor del autoritario gobierno de Putin, destapó el escándalo: El gobierno de la república de Chechenia estaba secuestrando a homosexuales y recluyéndonos en antiguas instalaciones militares abandonadas, reconvertidas en campos de concentración.

Según el periódico, las desapariciones llegaban a la centena, y al menos tres de los gays habían sido asesinados por las autoridades, que los sometían a vejaciones y palizas. El rotativo británico The Guardian recogía el testimonio de un joven que logró escapar, que aseguraba que le electrocutaban diariamente y que, si lograba no chillar por la descarga, otros guardias llegaban para apalearlo con palos de madera o barras de hierro. Todo, mientras intentaban conseguir que les diera los nombres de otros gays.

La persecución en Chechenia, de mayoría musulmana y prácticamente independiente de Moscú, se volvió implacable. La semana pasada, por ejemplo, un adolescente de 17 años falleció allí luego de que su tío lo arrojara por la ventana de un noveno piso. Por ser gay.

“AQUÍ NO HAY GAYS”. No es de extrañar, teniendo en cuenta que el presidente checheno, Ramzán Kadírov, gran amigo y aliado de Putin, respondió a las denuncias asegurando que la persecución era imposible porque “no puedes detener a gente que no existe en la república“. “Si los hubiera, no haría falta que la policía actuase, porque sus propias familias los mandarían a un lugar de donde no hay retorno”, matizaba sin pudor un vocero de Kadírov.

Lejos de escandalizarse, Putin reaccionó a las denuncias preocupándose por censurar en el país un meme que se popularizó en los últimos años, sobre todo impulsado por activistas LGBTI. La imagen, que retrata a un Vladímir teñido de rubio, con sombra azul en los ojos y unos labios de un rojo pasión intenso disgustó al presidente ruso más que el asesinato y la tortura de homosexuales en Chechenia.

ESPERANZA. Pese a aceptar a regañadientes las presiones que ejerció a inicios de mayo la canciller alemana, Angela Merkel, para que el Kremlin investigue lo que ocurre en Chechenia, Putin sigue sin hacer nada. Sin embargo, ayer, la activista Red Rusa LGBT aseguró que logró evacuar a 43 homosexuales de la región, y pide ayuda internacional para ellos, ante el riesgo de muerte que corren si permanecen en Rusia.

Pese a la buena noticia, la persecución a los homosexuales, bisexuales, transexuales, y a todo aquel que no ciña su vida al patrón de “relaciones tradicionales” continuará mientras Putin siga mandando. El destino del colectivo LGBTI en Rusia seguirá, por tanto, dependiendo de la habilidad de obstinados colectivos activistas para burlar a los matones y las retrógradas leyes rusas.